viernes, 13 de abril de 2007

Un poema de Marcelo Gelman(desaparecido en 1976),hijo de Juan Gelman;"Elogio de la culpa"





Despedida





Me despido de este país.
Me despido de mis amigos,
de mis enemigos.
Amigos.
Sólo quiero recordarles
que no dejen de ser
mis amigos.
Sólo quiero recordarles
que no me olviden
a la marcha del tiempo,
a la marcha del tren
en que me vaya
que borran las huellas de la
amistad lejana.

Por Marcelo Gelman



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Elogio de la culpa

por Juan Gelman



Artículo publicado en el diario Página/12, Buenos Aires, el 25 de marzo de 2001
en el marco de los actos de repudio al Golpe militar, a 25 años de dicho golpe.
El texto fue escrito a fines de 1991.

¿Hubo que ser “inocente” para tener acceso a la categoría de “víctima de la dictadura militar”? Mi hijo no lo fue. No fue “inocente”, sí víctima. Marcelo Ariel Gelman tenía 20 años cuando fue secuestrado en su casa por un comando militar, el 24 de agosto de 1976. También fue secuestrada su esposa Claudia, encinta de 7 meses. Los restos de Marcelo fueron hallados a fines de 1989, gracias a la abnegada labor del Equipo Argentino de Antropología Forense. Fue asesinado de un tiro en la nuca disparado a medio metro de distancia. Ahora tiene sepultura y es éste un hecho sumamente importante para un padre huérfano de hijo, como soy, porque el rescate de sus restos fue el rescate de su historia. Brevemente, es la que sigue:

Marcelo tuvo inquietudes políticas desde su niñez. A los 9 años me sorprendía con preguntas turbadoras –y pertinentes– sobre el Che y su consigna de crear varios Vietnam en América latina. Sé por compañeros de escuela de Marcelo que ya en la primaria ejercía la protesta. Le molestaba la injusticia. Molestar es palabra muy suave para lo que sentía: indignación. Sé también que a los 14 años estaba en la Juventud Peronista de la resistencia, poniendo caños contra las transnacionales. Como miles de jóvenes, confió en Perón. Tenía 16, 17 años y se desilusionó profundamente cuando Perón volvió al gobierno y apoyó a la fascista Triple A y calificó de “jóvenes imberbes” a los que habían luchado por su retorno. La desilusión no lo confinó en la pasividad. Se fue de la Juventud Peronista por la izquierda, con la Columna Sabino Navarro. Desilusionado otra vez, merodeó por el ERP, que tampoco lo convenció. Cuando lo secuestraron no tenía militancia partidaria, pero sí la suficiente historia militante como para que la dictadura militar lo considerara un enemigo. Encontraron su dirección en la libreta de anotaciones de una muchacha del ERP. Estoy orgulloso de la militancia de mi hijo. A veces pienso que algo tuve que ver yo con ella y eso redobla mi orgullo y mi dolor. Mi hijo no era un “inocente”. Le dolían la pobreza, la ignorancia, el sufrimiento ajeno, la estupidez, la explotación de los poderosos, la sumisión de los débiles. Nunca se sintió portador de una misión, pero quiso cambiar el país para que hubiera más justicia. Hizo lo que pudo, callada, humildemente. De todo eso fue “culpable”. ¿Y no fue por eso víctima de la dictadura militar? Repito la pregunta: ¿Hubo que ser “inocente” para tener acceso a categoría de “víctima de la dictadura militar”? Es verdad que hubo muchas víctimas inocentes de la dictadura militar. Por ejemplo, niños con vida y niños no nacidos todavía. Hombres y mujeres sin militancia alguna que sólo pertenecían a esa secreta intimidad llamada pueblo y que fueron también asesinados. La dictadura militar consideró “culpables” a decenas de periodistas que no pensaban como ella. A centenares de intelectuales que no pensaban como ella. A sacerdotes, abogados y a miles de obreros y estudiantes que no pensaban como ella. A los familiares de personas que no pensaban como ella. Y también a muchos que deseaban cambiar la vida, como pidió Rimbaud, y lo intentaban por distintos caminos.

¿Y por eso no son “inocentes”? Todos ellos, sea que canalizaran su voluntad de cambio por escrito, desde el púlpito, la cátedra, los sindicatos, centros estudiantiles, organizaciones populares, partidos políticos, o por las armas, ¿no son acaso víctimas de la dictadura militar? ¿Fueron encarcelados o fueron secuestrados, torturados y alojados en campos clandestinos de detención? ¿Tuvieron un juicio imparcial o fueron brutalmente asesinados? ¿Se les permitió ejercer su derecho dedefensa o les pegaron un tiro en la nuca desde medio metro de distancia? ¿Se notificó su paradero a los familiares o se los “desapareció”, creando una angustia que para muchos dura todavía? ¿Pudieron ejercer su derecho de pensamiento y expresión o fueron amordazados con la muerte más atroz, la muerte anónima? ¿Por qué no entrarían en la categoría de “víctimas”? ¿Porque querían cambiar la vida? ¿Se piensa acaso que los militares asesinaron inocentes “por error”? ¿Que son locos sueltos y no la expresión más despiadada de los intereses que quieren que la vida siga como está?

Y quienes hoy pretenden que todos los asesinados fueron “inocentes” o que sólo los “inocentes” son defendibles y aun reivindicables: ¿En qué sombrío negocio consigo mismo están? ¿Quieren borrar la historia con un trapo? ¿Piensan que la dictadura era mala cuando mataba inocentes –los “excesos”– pero que hacía bien en matar a los otros? ¿Son las gentes que bajo la dictadura decían “por algo será” cuando alguien, hasta un ser querido, desaparecía? ¿Y ahora otorgan diplomas de inocencia para que ningún asesinado los moleste y puedan “condenar” a la dictadura militar en olor de legalidad? Esa hipocresía declarada encubre una infamia sin nombre: condona el asesinato de quienes no fueron inocentes y afirma la “inocencia” del hambre, la pobreza, la explotación de millones de seres humanos, su humillación y marginalidad. Da la razón a la dictadura militar y deja amplios espacios para que la infamia persista, victoriosa. El 14 de octubre se cumplieron 2 años del hallazgo de los restos de Marcelo Gelman que, mezclados con cemento y arena, fueron arrojados al río Luján.

Carlos Mujica:"Meditación en la villa"(1972)





"Meditación en la villa"

Por Carlos Mujica(*), 1972

SEÑOR, perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos que parecen tener ocho años tengan trece;

SEÑOR, perdóname por haberme acostumbrado a chapotear por el barro; yo me puedo ir, ellos no;

SEÑOR, perdóname por haber aprendido a soportar el olor de las aguas servidas, de las que me puedo ir y ellos no;

SEÑOR, perdóname por encender la luz y olvidándome de que ellos no pueden hacerlo;

SEÑOR, yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no: porque nadie hace huelga con su hambre;

SEÑOR, perdóname por decirles "no solo de pan vive el hombre" y no luchar con todo para que rescaten su pan;

SEÑOR, quiero quererlos por ellos y no por mi. Ayúdame.

SEÑOR, sueño con morir por ellos: ayúdame a vivir para ellos.

SEÑOR, quiero estar con ellos a la hora de la luz. Ayúdame.

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(*)Carlos Mugica S.J. (1930-1974) fue un sacerdote jesuita argentino, vinculado al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y a las luchas populares de la Argentina de las décadas de 1960 y 1970.

Mugica nació en Buenos Aires el 7 de octubre de 1930. Hijo de un político conservador y de una mujer de familia adinerada, en 1954 comenzó a trabajar fervientemente en la asistencia de familias empobrecidas desde la parroquia de Santa Rosa de Lima, en la ciudad de Buenos Aires, sintiéndose progresivamente cercano al movimiento político denominado peronismo y al accionar revolucionario de Ernesto Che Guevara y de Mao Zedong.

A mediados de la década del 60 conoce y mantiene una estrecha relación con los activistas católicos juveniles Fernando Abal Medina, Mario Firmenich y Carlos Gustavo Ramus, quienes más tarde serían parte de la célula fundacional de la organización armada Montoneros, íntimamente ligada al movimiento peronista de izquierda.

Ya entrada la década del 70, y por mantener profundas diferencias con la política de guerrilla armada y las acciones violentas de la organización Montoneros, Mugica toma una postura crítica hacia éstos, marcando un creciente distanciamiento con su cúpula dirigente. El 7 de diciembre de 1973, el padre Carlos Mugica expresó públicamente al respecto: "Como dice la Biblia, hay que dejar las armas para empuñar los arados".

Debido a su activa militancia social y política padeció varias amenazas de muerte y diversos ataques e intentos de asesinato. El 11 de mayo de 1974 fue emboscado cuando se disponía a subirse a su automóvil Renault 4-L azul estacionado en la puerta de la iglesia de San Francisco Solano en los suburbios del sudoeste de Buenos Aires, donde acababa de celebrar misa.

Según algunas versiones de ocasionales testigos, se le acercó un individuo con bigotes, quien se cree que era Rodolfo Eduardo Almirón, cabecilla de la Alianza Anticomunista Argentina (La Triple A), descerrajandole varios disparos con una ametralladora Ingram M-10 que le afectaron seriamente el abdomen y el tórax, falleciendo a los pocos minutos al ser trasladado a un hospital cercano. Ya moribundo, las últimas palabras que se le escucharon decir fueron: "¡Ahora más que nunca tenemos que estar junto al pueblo!"

Como era habitual en aquel período de gran violencia política vivido en Argentina, organizaciones armadas tanto de ultraderecha (la Triple A) y de la izquierda peronista (Montoneros), se acusaron mutuamente por este asesinato, aunque por la modalidad con que se ejecutó el atentado y los testimonios subsiguientes, todas las presunciones indican que efectivamente la acción homicida fue obra de la Triple A.

martes, 10 de abril de 2007

Bartolomé Mitre:Armonías de la Pampa






Armonías de la Pampa

Bartolomé Mitre





Armonías de la Pampa
1854



Índice
I. A un ombú en medio de la pampa

II. A Santos Vega, payador argentino

III. El pato: Cuadro de costumbres

IV. El caballo del gaucho

V. La revolución del Sud: A Buenos Aires - El alzamiento - Chascomús - Castelli - Los emigrados - Epílogo

VI. Notas del autor
















I. A un ombú en medio de la pampa
Aquí estás, ombú gigante
a la orilla del camino,
indicando al peregrino
no siga más adelante
en la llanura sin fin.
Tú señalas las barreras
que dividen el desierto,
y oyes el vago concierto
que alzan las auras ligeras
de la pampa en el confín.
Eres la verde guirnalda
de la cabaña pajiza,
que vas marchando de prisa
con el pasado a tu espalda
y a tu frente el porvenir.
Donde huye el indio salvaje
y el cristiano se adelanta,
tu cabeza se levanta
susurrando tu ramaje:
"el rancho llegó hasta aquí."
Eres lo último que muere
de la morada del hombre,
y sin registrar un nombre
estás contando al viajero
memorias de hoy y de ayer.
Al proseguir tu carrera
por la llanura extendida,
sobre tu cima florida
hoy alzas en la frontera
el pendón de nuestra fe.
¿Qué ves más allá? ¿la pampa
que en contorno se dilata,
el arroyuelo de plata,
el toldo en que el indio acampa,
o el inmenso pajonal?
Tú miras allá a lo lejos
al trasponer aquel monte
en el remoto horizonte,
como en mágicos espejos
lo que es y lo que será.
Miras la pampa argentina
de ciudades matizada,
y por mil naves surcada
la laguna cristalina
que hoy cubre verde juncal;
miras la pobre cabaña,
que en palacio se transforma,
y que al tomar nueva forma,
con nuevas luces se baña
su contorno natural.
Miras al indio tostado,
que lanzando un alarido,
va huyendo despavorido
por el llano dilatado,
en pavoroso tropel;
seguido del tigre fiero
que abandona su dominio,
hoy teatro de exterminio,
y tras él, el jornalero
que las transforma en vergel.
No pases más adelante,
que más lejos, abatido,
marchito y descolorido
verás al ombú gigante
hoy de la pradera rey:
y en su lugar la corona
verás alzarse del pino,
que unido al hierro y al lino
sirve al hombre en toda zona
para dar al mundo ley.
Ese destino te espera,
árbol, cuya vista asombra,
que al caminante das sombra
sin dar al rancho madera,
ni al fuego una astilla dar;
recorrerás el desierto
cual mensajero de vida,
y, tu misión concluida,
caerás cual cadáver yerto
bajo el pino secular.
1842







II. A Santos Vega, payador argentino [1.]
Cantando me han de enterrar.
Cantando me de ir al cielo.
Santos Vega.

Santos Vega, tus cantares
no te han dado excelsa gloria,
más viven en la memoria
de la turba popular;
y sin tinta ni papel
que los salve del olvido,
de padre a hijo han venido
por la tradición oral.
Bardo inculto de la pampa,
como el pájaro canoro
tu canto rudo y sonoro
diste a brisa fugaz;
y tus versos se repiten
en el bosque y en el llano,
por el gaucho americano,
por el indio montaraz.
¿Qué te importa, si en el mundo
tu fama no se pregona,
con la rústica corona
del poeta popular?
y es más difícil que en bronce,
en el mármol o granito,
haber sus obras escrito
en la memoria tenaz.
¿Qué te importa? ¡si has vivido
cantando cual la cigarra,
al son de humilde guitarra
bajo el ombú colosal!
¡Si tus ojos se han nublado
entre mil aclamaciones,
si tus cielos y canciones
en el pueblo vivirán!
Cantando de pago en pago,
y venciendo payadores,
entre todos los cantores
fuiste aclamado el mejor;
pero al fin caíste vencido
en un duelo de armonías,
después de payar dos días;
y moriste de dolor. [ 2.]
Como el antiguo guerrero
caído sobre su escudo,
sobre tu instrumento mudo
entregaste tu alma a Dios;
y es fama, que al mismo tiempo
que tu vida se apagaba,
la bordona reventaba
produciendo triste son.
No te hicieron tus paisanos
un entierro majestuoso,
ni sepulcro esplendoroso
tu cadáver recibió;
pero un Pago te condujo
a caballo hasta la fosa,
y muchedumbre llorosa
su última ofrenda te dio.
De noche bajo de un árbol
dicen que brilla una llama [ 3.],
y es tu ánima que se inflama,
¡Santos Vega el Payador!
¡Ah, levanta de la tumba!
muestra tu tostada frente,
canta un cielo de repente [4.]
¡o una décima de amor!
Cuando a lo lejos divisan
tu sepulcro triste y frío,
oyen del vecino río
tu guitarra resonar.
y creen escuchar tu voz
en las verdes espadañas,
que se mecen cual las cañas
cual ellas al suspirar.
Y hasta piensan que las aves
dicen al tomar su vuelo:
"¡Cantando me he de ir al cielo;
cantando me han de enterrar!"
Y te ven junto al fogón,
sin que nada te arrebate,
saboreando amargo mate
veinte y cuatro horas payar.
Tu alma puebla los desiertos,
y del Sud en la campaña
al lado de una cabaña
se eleva fúnebre cruz;
esa cruz, bajo de un tala
solitario, abandonado,
es un símbolo venerado
en los campos del Tuyú.
Allí duerme Santos Vega;
de las hojas al arrullo
imitar quiere el murmullo
de una fúnebre canción.
no hay pendiente de sus gajos
enlutada y mustia lira,
donde la brisa suspira
como un acento de amor.
Pero las ramas del tala
son mil arpas sin modelo,
que formó Dios en el cielo
y arrojó en la soledad;
si el pampero brama airado
y estremece el firmamento,
forman místico concento
el árbol y el vendaval.
Esa música espontánea
que produce la natura,
cual tus cantos, sin cultura,
y ruda como tu voz,
tal vez en noche callada,
de blanco cráneo en los huecos,
produce los tristes ecos
que oye el pueblo con pavor.
¡Duerme, duerme Santos Vega!
que mientras en el desierto
se oiga ese vago concierto,
tu nombre será inmortal;
y lo ha de escuchar el gaucho
tendido en su duro lecho,
mientras en pajizo techo
cante el gallo matinal [ 5.]
¡Duerme! mientras se despierte
del alba con el lucero
el vigilante tropero
que repita tu cantar,
y que de bosque en laguna,
en el repente o la hierra,
se alce por toda esta, tierra
como un coro popular.
Y mientras al gaucho errante
al cruzar por la pradera,
se detenga en su carrera
y baje del alazán;
y ponga el poncho en el suelo
a guisa de pobre alfombra,
y rece bajo esa sombra,
¡Santos Vega, duerme en paz!
1838



III. El pato
I
Clara, bella y perfumada,
era una tarde serena,
de esas tardes en que el cielo
todas sus galas ostenta,
en que la brisa y la flor
nos hablan con voz secreta,
en que las bellas inspiran,
en que medita el poeta,
en que el infame se esconde,
en que el pueblo se recrea.
Y matizando la alfombra
de una extendida pradera
se ve una alegre cuadrilla
con sus vestidos de fiesta,
porque cien gauchos reunidos
las pascuas de dios celebran.
En las ancas del caballo
cada cual lleva su bella,
el que ufano con su carga
bate el suelo con soberbia,
mientras que el viento levanta
la nevada pañoleta,
que acaricia las mejillas
del jinete a quien estrecha
tal vez por no resbalar...
quizá de puro coqueta.
No llevan collares de oro,
ni caravanas de perlas,
ni relucientes sombreros,
ni corbatines de seda:
humildes son los vestidos
que las mujeres ostentan;
y bajo pieles curtidas
y de ponchos de bayeta
aquel rústico gauchaje
alma independiente alberga
como el tosco ñandubay
bajo su áspera corteza
roba a la vista del hombre
del corazón la belleza.
II
Encima de una loma
se ven a las muchachas
haciendo con donaire
pañuelos agitar;
y en tanto, en la llanura
en círculo formados,
se ven de los jinetes
los ponchos ondear.

Sus ojos resplandecen
radiantes de alegría,
que templa con sus sombras,
del rostro la altivez.
Con juegos herculáneos
festejarán el día,
que el pueblo hasta jugando
respira robustez.

Diríase campeones
que esperan la pelea
que anuncian con estruendo
las lenguas del clarín:
la inercia los consume,
mas si el cañón humea,
con varonil coraje
buscan glorioso fin.

Tal vez unas carreras
esperan a porfía
para cubrir de palmas
al potro más veloz...
Más no, todos desean
robustecer el alma,
por eso ¡El Pato! ¡El Pato!
Repiten a una voz.

¡El Pato! juego fuerte
del hombre de la pampa,
tradicional costumbre
de un pueblo varonil
para templar los nervios,
para extender los músculos
como en veloz carrera,
en la era juvenil.

Las fiestas populares
de un pueblo de valientes
semejan a las rudas
caricias del león,
porque el pampero raudo
batiendo en esas frentes
parece que inocula
vigor al corazón.

Ya todos se aprestaban
a comenzar la pugna,
asiendo de las garras
con fuerza de titán:
los pies en los estribos
apoyan con pujanza,
y esperan afanosos
de jefe la señal.

Las madres, las esposas
contemplan aquel grupo,
pendientes del latido
del brazo muscular;
mas de repente vese
que las manijas sueltan,
y se oye entre el corrillo
sordo rumos vagar.

¿Quién les desarmó la fuerza
de los cincuenta brazos,
que un pingo gigantesco
podrían sacudir?
Dos hombres que se acercan
al medio de la liza,
y muestran ser campeones
que quieren combatir.

III
El uno es Diego Zamora
apellidado el "valiente"
cuya daga vencedora
a sus contrarios devora
y es el terror de la gente.

Su mirada decidida
y negra su cabellera;
y una sonrisa atrevida
del labio está suspendida
revelando un alma fiera.

Lleva un facón en la falda.
Lleva un poncho balandrán
terciado por media espalda,
y del campo la esmeralda
huella en un potro alazán.

El otro es Pedro de Obando,
compañero de fatigas
de Zamora, y peleando
anda con él desafiando
las partidas enemigas.

Estriba con bizarría
y la espuela nazarena
suspira en dulce armonía,
como grillos a porfía
lloran del preso la pena.

Guapos el Pago los llama,
y el alcalde salteadores,
pero publica la fama
que no la avaricia inflama
su pecho en vivos ardores.

Ligados por nudo fuerte,
los dos siguen un camino:
hermanos de vida y muerte
aceptan la misma suerte
bajo el yugo del destino.
IV
Adelantóse Zamora
y sujetando la rienda,
pidió parte en la contienda
con altanera atención.
Todos a una voz gritaron
"que entren Zamora y Obando".
Y entonces el pato tomando,
Zamora con él salió.

Picaron todos de espuelas
galopando a rienda suelta
para procurar la vuelta
del jinete vencedor;
mas en vano corren, vuelan,
gritan, pegan, forcejean,
y resudan y espolean,
y le siguen con furor.

Hasta que al fin un jinete
lo alcanza, y con mano fija
asiendo de la manija
hizo el caballo cejar,
pero Zamora con furia
lo lleva de una pechada,
dejando en tierra estampada
de su triunfo la señal.

Pero tres nuevos atletas
dispútanle su presea,
y él en tremenda pelea
la disputa a todos tres.
Forcejean, y tendidos
furiosos luchan en vano
por quebrantar una mano
que hierro parece ser.

Crujen, se estiran los miembros,
se hinchan de sangre las venas,
y enronquecidos, apenas
pueden el aire lanzar;
mas él, firme en sus estribos
como animado centauro
disputa a todos el lauro
en combate desigual.

Llegan tres más, y Zamora
con la presteza del rayo
dando riendas al caballo
las manijas les quitó:
dos de ellos fueron al suelo
en pos del tremendo empuje,
y el que queda firme ruge
de vergüenza y de furor.
V
y corriendo
desbandados,
y empapados
en sudor,
a Zamora
todos siguen,
y persiguen
con furor.

Ya lo alcanzan
o despuntan,
ya se juntan
en redor,
cual las hojas
de una planta
que levanta
el ventarrón.

Cual relámpago
flamígero,
el alígero
alazán
los zanjones
que encontraba
los salvaba
sin parar.

Y por último,
rendidos,
alaridos
dan de paz,
y las gorras
que se quitan
las agitan
en señal.
VI
Zamora entonces levantando en alto
el pato, cual si fuese una bandera,
detiene del caballo la carreta
y le hace el freno con furor tascar,
y así parado en medio de la pampa
con su ademán a todos desafía;
mas viendo que ninguno se movía
dirige a todos la señal de paz.

Torció las riendas del soberbio bruto
y a trote largo adelantóse al rato
llevando al lado el disputado pato
que a gruesas gotas de sudor ganó;
y al acercarse ante el vencido corro,
se desciñó del rostro su barbijo,
y estas palabras atrevidas dijo
que la turba entre aplausos recibió:

"si hay quien dispute que gané la palma
"átese al punto a la cintura un lazo,
"que yo tan sólo con mi izquierdo brazo
"jinete, y pingo, y pato arrastraré".
Nadie admitió su formidable reto:
tan sólo Obando en ademán airado
sacó del anca un lazo que arrollado
una serpiente parecía ser.

Por la presilla lo fijó en su cuerpo
y por la argolla se lo dio a su amigo
quien se admiraba hallar un enemigo
en el hermano que le diera dios;
pero impulsado por feroz orgullo,
asió del lazo en la siniestra mano,
y a gran galope atravesando el llano,
tirante el lazo entre los dos quedó.

Cual hosco toro que en lazada envuelto
se niega altivo a obedecer la fuerza,
y rebramando con furor se esfuerza,
y aspa y pezuña quiere allí clavar,
tal Pedro Obando con poder resiste
al férreo brazo de que está pendiente,
mientras el lazo entre los dos, crujiente,
se ve como una víbora oscilar.

Silencio pavoroso en torno reina:
enmudece el frenético alarido,
y sólo se oye el fúnebre quejido
del lazo palpitante entre los dos;
mas de repente resonó un gemido
dos espirales al formar el lazo,
y en cada cual llevando su pedazo,
envuelto en él al polvo descendió.[ 6.]

1839
IV. El caballo del gaucho
Mi caballo era mi vida, mi bien, mi único tesoro.
Juan M. Gutierrez

Mi caballo era ligero
como la luz del lucero
que corre al amanecer;
cuando al galope partía
al instante se veía
en los espacios perder.

Sus ojos eran estrellas
sus patas unas centellas,
que daban chispas y luz:
cuanto lejos divisaba
en su carrera alcanzaba,
fuese tigre o avestruz.

Cuando rendía mi brazo
para revolear el lazo
sobre algún toro feroz,
si el toro nos embestía,
al fiero animal tendía
de una pechada veloz.

En la guardia de frontera
paraba oreja agorera
del indio al sordo tropel,
y con relincho sonoro
daba el alerta mi moro
como centinela fiel.

En medio de la pelea,
donde el coraje campea,
se lanzaba con ardor;
y su estridente bufido
cual del clarín el sonido
daba al jinete valor.

A mi lado ha envejecido,
y hoy está cual yo rendido
por la fatiga y la edad;
pero es mi sombra en verano,
y mi brújula en el llano,
mi amigo en la soledad.

Ya no vamos de carrera
por la extendida pradera
pues somos viejos los dos.
¡OH mi moro, el cielo quiera
acabemos la carrera
muriendo juntos los dos!

1838


V. La revolución del Sud
I. A Buenos Aires
"El cuello atado a la servil cadena
"del tirano postrándose a los pies,
"Buenos Aires esclava y miserable
"ya no es el pueblo de ochocientos diez."

¡OH Patria! así decían, y entretanto
tú oías esas voces con desdén,
esperando mostrar con grandes hechos
que eras el pueblo de ochocientos diez.

La vista al suelo con dolor bajabas,
pero en tu corazón había fe,
y ardiente por tus venas aún corría
la sangre pura de ochocientos diez.

Y de repente, cual gigante inmenso
a quien dormido ataran al cordel,
despertaste rompiendo tus cadenas
como en el día de ochocientos diez.

"¿Quién alza el grito?", preguntó el tirano,
y trueno sordo retumbó a sus pies,
y la corneta contestó en la pampa:
"¡Yo soy el pueblo de ochocientos diez!"

Fuiste vencida, cara patria mía,
tus legiones sufrieron un revés,
pero nadie dirá que no caíste
como los héroes de ochocientos diez.

En sus lanzas filosas levantaron
los sicarios del déspota cruel,
del inmortal Castelli la cabeza,
del hijo noble de ochocientos diez.

De la sangre del mártir de la Patria
de cada gota un héroe ha de nacer,
sangre fecunda, como fue fecunda
la de los muertos de ochocientos diez.

Tus nobles hijos, al mirar su busto,
del polvo alzaron la humillada sien,
y levantaron con robustos hombros
el ara santa de ochocientos diez.

"¡Venganza al pueblo!", prorrumpieron todos,
"¡Palmas al mártir que murió con fe!
"¡Gloria al que caiga en medio del combate!
"¡Gloria a los hijos de ochocientos diez!"

Se vio agitar del mártir la cabeza
y su ojo frío se volvió a encender,
y desatado el labio a la palabra,
clamó: "¡Sois hijos de ochocientos diez!"
II. El alzamiento
En la llanura de la inmensa pampa,
do de América el genio, firme estampa
su huella colosal;
do el Pampero con alas de gigante
la nube arrastra y la ola que espumante
alza la tempestad,

levanta erguida el gaucho su cabeza,
con el sello de agreste gentileza
y de genial virtud,
cuya negra melena al aire flota
en la tostada frente a la que azota
el ábrego del sud.

¡El gaucho! noble tipo americano,
que desdeña doblar ante un tirano
su indómito cerviz,
que despreciando halagos femeniles,
conserva los alientos juveniles
de una raza viril.

Entregado en su estancia al pastoreo,
no escucha el importuno clamoreo
que eleva la ciudad,
sino cuando la patria acongojada
le demanda el apoyo de su espada
para su ley guardar.

Así, cuando la horrenda tiranía
de Rosas se afirmó, en su agonía
la Patria le llamó:
y al escuchar su voz, se alzó cual rayo
del lado del hogar, montó a caballo
y la lanza empuñó.

"¡A las armas, valientes! ¡Al combate!
"¿A quién cobarde el corazón no late
"al toque de reunión?
"¡A sus puestos, guerreros argentinos!
"¡Venid cantando vuestros patrios himnos
"al trueno del cañón!"

Así dijo Castelli, y mil valientes,
al toque del clarín, vuelan ardientes
la patria a libertar;
no es Castelli caudillo de alta hazaña:
hombre del pueblo, vive en la cabaña
de la mansión rural;

pero la hermosa causa que proclama,
millares de hombres a su lado llama,
que no saben quién es,
vuelan a las banderas de la gloria,
y en su frente presagios de victoria
creeríanse leer.

Castelli los convoca a la pelea
al pie del pabellón que al aire ondea,
y que en Mayo nació;
y en su serena faz resplandecía
el entusiasmo santo en que él ardía
cuando: "¡Igualdad!" gritó.

De guerreros cubierta la llanura,
y la bandera azul cual siempre pura
se miró relucir;
y a la sombra del símbolo divino
pronunció juramento el argentino
de ser libre o morir.

Castelli desnudó su fuerte espada,
y a lo cielos la vista levantada,
sereno meditó:
cruzó su frente signo misterioso,
y a los libertadores dijo ansioso
con alta inspiración:

"¡Compatriotas!, se acerca el fausto día,
"de ventura, de paz y de alegría,
"de vivir o morir;
"después que revolquemos en la tierra
"al tirano feroz, no habrá más guerra
"y se podrá vivir.

"¡Soldados!, un antiguo veterano
"que esta bandera sustentó en su mano,
"os convoca a la lid.
"¿Insensibles seréis a su llamado,
"y al gemido doliente y prolongado
"de la Patria infeliz?

"¡Cómo serlo! ¡Y el bravo miliciano
"monta a caballo, y con el sable en mano
"se apresta a combatir
"¡ya el pueblo entero se alza como un hombre
"invocando de Patria el santo nombre
"con eco varonil!

"A las armas, valientes argentinos,
"venid a decidir vuestros destinos
"con grande corazón.
"¡Paisanos a las armas! Derroquemos
"al infame tirano a quien debemos
"llanto y desolación.

"De lo alto del pirámide sagrado
"¡Libertad! por tres veces aclamado
"el arcángel de Dios.
"¡En su cumbre, después de esta cruzada,
"la bandera argentina laureada
"pondremos con honor!" [7]

¡Viva la Patria! ¡Viva!
¡Guerra al tirano! ¡Guerra!
Por todo el llano y sierra
se siente retumbar.
Tres mil libertadores
por la cruz de su espada
a la Patria adorada
juraron libertar.

Castelli, Rico y Olmos
al frente de sus bravos,
a los torpes esclavos
prometen humillar.
Y en alto los aceros,
¡Al combate! , gritaron,
y al combate volaron
al son de himno triunfal.

¿En su entusiasmo de héroes,
en sus nobles facciones,
conocéis los campeones
de Salta y de Maipú?
Son ellos, que atrevidos
con grande fe en el alma
adornarán con palma
el estandarte azul;

o morirán como héroes
legando un alto ejemplo,
que brillará en el templo
de la inmortalidad.
¡Honor para la Patria,
si rompen sus cadenas!
¡Honor, si de sus venas
la sangre sólo dan!
III. Chascomús
Mirad la extensa laguna
de Chascomús: majestuosa
Sobre la pampa reposa
bajo esa bóveda azul.
Allí fue que en otros tiempos
sobre el indio fugitivo,
llegó el español altivo
y alzó la gigante cruz.

¿Quién, atronando su orilla
con acento furibundo,
turba el silencio profundo
que reina en la soledad?
Por una parte, un gran pueblo
que sus derechos reclama;
por otra, turba que infama
a Dios y la humanidad.

Hoy la víctima y verdugo
se han mirado frente a frente,
y van en batalla ardiente
a deslindar la cuestión.
¡Oh señor, tú que los orbes
sustentas entre tus manos,
dispénsale a mis hermanos
tu divina protección!

Toca el clarín a la carga,
y cargando a los esclavos,
se arroja el pueblo de bravos
con alientos de titán.
¡Viva la Patria! ¡Victoria!
¡Muera el tirano! clamando,
van las legiones segando
a sable, lanza y puñal.

Mas ¡ay!, sus nobles cabezas
se doblan ensangrentadas,
y se miran pisoteadas
por la mesnada feroz.
¡Será, gran Dios, que tu diestra
mi Patria infeliz azota,
y que su bandera rota
sea alfombra al opresor!

¡Aun no! Del fuerte Castelli
en medio de la pelea
aun la azul bandera ondea
y es un punto de reunión.
Recorriendo va a galope
las legiones desbandadas,
gritando: "Tenéis espadas;
"¡venid, morid con honor!"

Sereno a su lado marcha
Crámmer, valiente y experto;
pero cayó al suelo muerto,
y la pelea cesó. [8]
Sólo los muertos quedaron
en la llanura tendidos,
y huyeron despavoridos
el vencido y vencedor.

Gloria y honor y laureles
al que muere batallando,
y que sus ojos cerrando
aun exclama: "¡Libertad!"
Gloria eterna a los que alzaron
la bandera de esperanza,
y elevaron en su lanza
los dogmas de la Igualdad.

Nada importa una derrota:
¡No hay que plegar su bandera!
¡El tigre del Plata muera!
¡O ser libres o morir!
Argentinos, a caballo,
y mil veces más, vencidos,
otras mil veces reunidos,
volvamos a combatir.
IV. Castelli
Por los llanos inmensos de la pampa
vaga Castelli triste y silencioso, [9]
y en su semblante pálido y ansioso
está grabado el sello del dolor;
Fiel adalid de un pueblo generoso
cayó con él en medio del combate,
mas la derrota que al cobarde abate
no ha destemplado el varonil valor.

Extiende en torno suyo la mirada,
y en la patria cautiva piensa el bravo;
no ve sino al tirano y al esclavo,
al verdugo y la víctima infeliz.
A espectáculo tal cae de rodillas
con la vista clavada al firmamento,
y prorrumpiendo en dolorido acento:
"¡OH Patria mía, mísera de ti!"

Oyese entonces en el vecino bosque
el rumor de las armas estridente,
y apretando la espada fuertemente,
con ademán resuelto se erguió;
y vio venir a él, husmeando sangre,
los feroces lebreles del tirano,
como a la hambrienta jauría que en el llano
a su víctima acosa con furor.

"¡Muere, salvaje!", rugen los bandidos,
y él les responde: -"Moriré peleando;
"si no triunfé en el campo batallando,
"con mi muerte, de todos triunfaré."
Y a Dios encomendando su alma fuerte,
traba con todos angustiosa lucha,
y circundando, con tesón relucha,
y repite; -"Peleando moriré."

Al suelo cayó al fin hecho pedazos
sin desmayar su espíritu valiente,
y dio a la patria con valor consciente
cuanto podía como mártir dar.
Y los feroces tigres carniceros
el cadáver caliente degollaron,
y con impía planta profanaron
los despojos del héroe popular.

Y su busto sangriento y palpitante
pusieron por escarnio en la picota;
y su sangre que cae gota por gota
marcando está las horas del dolor.
El pueblo le contempla con asombro
y de su labio cárdeno y helado
parece que esperase atribulado
el grito de Esperanza y Redención.

Clavada está en un palo su cabeza
cual señal que concita a la venganza,
como faro que alienta la esperanza
para un tiempo de paz y libertad;
que si hoy como trofeo al despotismo
se mira torpemente escarnecida,
un día llegará en que bendecida
la circunde aureola celestial.

Héroe del Sud, tus pálidas cenizas
por la pampa se encuentran dispersadas,
pero de todo un pueblo veneradas
tienen sepulcro en cada corazón;
en la inmortal memoria de tu pueblo
que nunca el heroísmo ha renegado,
tu nombre como en bronce está grabado.
Tiene tu noble espíritu mansión.
V. Los emigrados
Los rotos escuadrones
salvados del cuchillo,
buscando otro caudillo
volviéronse a reunir;
y en el Tuyú cercados,
con varonil fiereza
juraron con firmeza
Libertad o morir.

El vencedor soberbio
cubierto de humor rojo,
en su brutal enojo
esto llegó a decir:
"Rendiréis vuestras armas
y seréis mis esclavos."
Y responden los bravos:
"¡Libertad o morir!"

Olmos y Rico dicen
a sus fieles guerreros:
"¡Valientes compañeros,
"ya vamos a partir;
"el fuego de la Patria
"en el alma llevemos
"y por ella juremos
"Libertad o morir.

"Para salvar las armas,
"dejamos este suelo;
"buscando con anhelo
"campo en que combatir:
"y sea nuestro grito
"al dejar esta playa,
"y al entrar en batalla,
"¡Libertad o morir!"

"¡Busquemos otro campo!"
Mil veces contestaron...
¿Pensáis que derramaron
un llanto femenil?
En mísero abandono
sus hogares dejaban,
y tan sólo exclamaban:
"¡Libertad o morir!"

Antes que como infames
doblegar la cabeza,
supieron con firmeza
sus cabezas erguir:
y dejaron la Patria
y a las naves subieron,
y otra vez repitieron:
"¡Libertad o morir!"

"Adiós, patria", decían,
"para ti viviremos,
"y por ti moriremos
"en la porfiada lid;
"que si tus caras playas
"hemos abandonado,
"es porque hemos jurado
"¡Libertad o morir!"


Epílogo

Por las llanuras del Sud
yacen doquier esparcidas
las semillas bendecidas
del árbol de libertad.
Con la sangre del martirio
ha sido ese árbol regado:
si sus ramas han cortado,
el tronco intacto quedó.

Cuando en los campos del Sud
clave su pendón la gloria,
y el arcángel de victoria
bata su palma inmortal,
con potente lozanía
brotarán esos raigones,
y gigantes dimensiones
el árbol adquirirá.


1840



Notas del autor
1. Esta composición pertenece a un género que puede llamarse nuevo, no tanto por el asunto cuanto por el estilo. Las costumbres primitivas y originales de la pampa han tenido entre nosotros muchos cantores, pero casi todos ellos se han limitado a copiarlas toscamente, en vez de poetizarlas poniendo en juego sus pasiones modificadas por la vida del desierto, y sacar partido de sus tradiciones y aun de sus preocupaciones. Así es que, para hacer hablar a los gauchos, los poetas han empleado todos los modismos guachos, han aceptado todos sus barbarismos, elevando al rango de poesía una jerga, muy enérgica, muy pintoresca y muy graciosa, para lo que conocen las costumbres de nuestros campesinos, pero que por sí no constituye lo que propiamente puede llamarse poesía. La poesía no es la copia servil, sino la interpretación poética de la naturaleza moral y material, tanto en la pintura de un paisaje, como en el desarrollo lógico de una pasión o de una situación dada. Así como en pintura o en estatuaria la verdad artística no es la verdad material, puesto que no es el mejor retrato el que más exactamente copia los defectos, así también la verdad poética es muy distinta de la realidad concreta, es decir, que sin ser precisamente el trasunto de la vida de todos los días, es sin embargo hasta cierto punto su idealización que sin perder de vista el original, lo ilumina con los colores de las imaginación, agrupa en torno suyo los elementos que no se encuentran reunidos en un solo individuo, y que no obstante existen dispersos, y que reunidos forman lo que se llama un tipo. Así es como he comprendido la poesía, y así la han comprendido todos los grandes maestros, si estudiamos con atención sus obras. La elegía a Santos Vega no es sino la aplicación ingenua de esta teoría: en ella he procurado elevarme un poco sobre la vida real, sin olvidar el colorido local y sin dejar de mantenerme a la altura de la inteligencia del pueblo. Por lo demás, ella se funda en la tradición popular que ha hecho de Santos Vega una especie de mito: que vive en la memoria de todos, envuelto en las nubes prestigiosas del misterio, sin haber dejado otra cosa que la tradición de sus versos improvisados, que el viento de la pampa se ha llevado.
2. Histórico. Santos Vega murió de pesar, según tradición, por haber sido vencido por un joven desconocido, en el canto que los gauchos llaman de contrapunto, o sea réplicas improvisadas en verso, al son de la guitarra que pulsa cada uno de los cantores. Cuando la inspiración del improvisador faltó a su mente, su vida se apagó. La tradición popular agrega que aquel cantor desconocido era el diablo, pues sólo él podía haber vencido a Santos Vega.
3. Los gauchos dan el nombre de vela (encendida) a los fuegos fatuos que se levantan de los sepulcros, y que suponen son el alma en pena de los muertos.
4. Lo mismo que improvisado.
5. Reminiscencia de un pensamiento de Thomas Grey, que, aunque lejana, tuve presente al escribir estos versos.
6. Esta composición pertenece también al género gaucho, tal como lo había concebido en la época en que me ocupaba en escribir poesías. Es un cuadro de costumbres bajo una forma dramática, en el cual, evitando la monotonía del género descriptivo, he procurado desenvolver una acción sencilla en torno del juego que forma el verdadero asunto. El juego del pato no existe ya en nuestras costumbres: es un recuerdo lejano. Prohibido bajo penas severas, a consecuencia de las desgracias a que daba origen, el pueblo lo ha ido dejando poco a poco, pero sin olvidarlo del todo. En su origen, este juego homérico, que tiene mucha semejanza con algunos de los que Ercilla describe en la Araucana, se efectuaba retobando un pato dentro de una fuerte piel, a la cual se adaptaba varias manijas de cuero también. De estas manijas se asían los jinetes para disputarse la presa del combate que generalmente tenía por arena toda la pampa, pues el que lograba arrebatar el pato procuraba ponerse en salvo, y la persecución que con este motivo se hacía, era la parte más interesante del juego. Posteriormente se ha dado el nombre de pato a todo ejercicio en que dos jinetes, asidos de las manos o ligados por medio de un lazo atado a la cintura, procuran derribarse de sus respectivos caballos. Después de haber descrito el paso primitivo, creí que el cuadro no quedaría completo si no presentaba al mismo tiempo una pintura del modo de jugarlo por medio del lazo, y tal es el objeto de la lucha que tiene lugar entre Obando y Zamora.
7. La proclama, que se pone en boca de Castelli, es la traducción casi literal de la que él dirigió a los pueblos, en el momento de levantar el estandarte de la revolución del sud.
8. Crámer, que era el segundo de Castelli, murió en la batalla de Chascomús. Nacido en Alemania, se había distinguido en la guerra de la Independencia, y en la batalla de Chacabuco mandaba un batallón de infantería con el cual contribuyó al éxito de la victoria.
9. Según algunos, Castelli murió insensato, como el rey Lear, sintiendo las angustias de un corazón magnánimo devastado por el infortunio. Esta situación sublime, poetizada por Shakespeare, hubiera podido explotarse en este poema, al apagar en el héroe de la revolución del sud la luz de la razón, y poner en su boca palabras delirantes de patria y libertad, pero dejando intacto su corazón para sentir. Tal era, sin duda, la situación que adopte el poeta futuro que cante ese hecho, digno de la epopeya, aun cuando no fue coronado por la victoria. Por lo que a mí respecta, cantor de circunstancias, teniendo en vista producir un poema patriótico dedicado a mis contemporáneos he preferido la situación más vulgar, y por consecuencia la menos poética, a trueque de llegar más directamente al objeto que me proponía, que era exaltar el sentimiento grandioso del sacrificio deliberado.

Anacreonte: Antología poética







Anacreonte es un poeta griego nacido en la ciudad jonia situada en la costa de Asia Menor jónica de Teos,Teos, Asia Menor (actualmente Siğacik, Turquía), más o menos a la muerte de Safo de Lesbos.

Se supone que su vida discurrió entre los años 572 y 485 adC. Puede ser considerado como el primer poeta de corte: vivió en Samos en la corte del tirano Polícrates, pero al ser éste asesinado marchó a Temas a servir a otro tirano, Hipias, que sufrió la misma suerte. Murió en Tesalia, algo después de la segunda guerra médica.

Su lírica, de tono hedonista, refinado y decadente, canta los placeres del amor (tanto de hombres como de mujeres) y el vino, y rechaza la guerra y el tormento de la vejez. También cultivó ocasionalmente la sátira inspirándose en el modelo griego de la misma, Arquíloco.

El amor para Anacreonte es algo fundamentalmente sensual, fugaz y pasajero, por lo que sus composiciones sobre ese tema suelen ser breves. Son famosos sus poemas dedicados a la muchacha joven y asilvestrada a quien llama potra tracia, así como aquellos que hacen referencia a juegos entre el poeta y algún joven del que estuviera enamorado. ha pasado a la posteridad como el poeta de los banquetes.

Sus poemas fueron copiados e imitados en época más tardía: le fueron asignados a él en su totalidad aunque en la actualidad se supone que no son suyos. A este compendio de poemas se le llama Anacreónticas.

Anacreonte afirmaba con frecuencia, haciendo referencia a la relación que la poetisa Safo hubo mantenido con sus alumnas, que ésta había sentido un amor sexual por ellas. Tales afirmaciones fueron causa de rumor y con el paso del tiempo se extendieron de tal modo, que debido ello nacieron los términos lesbianismo y safismo, que aluden a la homosexualidad femenina, en referencia al rumor extendido al respecto de Safo de Lesbos por el poeta.









Antología poética
Anacreonte









LA LIRA

Quiero ensalzar cantando a los Atridas,
quiero cantar a Cadmo,
mas de mi lira los sonoros nervios
tan sólo amores dicen.

Otra lira pulsar en otro tono
quise, con nuevas cuerdas
y al pretender cantar al fuerte Heracles,
tan sólo amores respondió mi lira.

Héroes, dejad de enardecer mi mente,
porque mi lira, sólo amores canta.

DE LAS MUJERES

Naturaleza, a los feroces toros
dio temible defensa con sus astas,
cascos a los caballos,
rápidos pies a las veloces liebres,
a los leones dientes poderosos,
el volar a las aves,
el nadar a los peces
y a los hombres la fuerza de sus miembros.
¿Tal vez a la mujer dejó olvidada?
¿Cuál arma le ha entregado? La belleza:
el escudo más fuerte;
la espada más aguda;
pues la mujer con ella
domina los aceros y las llamas.

EL AMOR

Cuando la media noche se acercaba
y el signo de la Osa se volvía
a la mano de Bootes;
cuando los hombres en el blando lecho
yacían, del trabajo fatigados,
el Amor a mi puerta cauteloso
llegóse, golpeando las aldabas.

-¿Quién a estas horas – dije- hasta mi puerta viene, a turbarme el sueño?

-Abreme – contéstome el caminante-;
soy un niño; no temas por tu vid:
azótame la lluvia,
y en la cerrada noche me he perdido.

Al escuchar sus quejas,
de compasión se estremeció mi pecho
y encendiendo mi lámpara,
abrí la puerta y penetró el muchacho.
Traía el arco al hombro
colgado, y el carcaj lleno de flechas.
Sentados junto al fuego,
calentaba sus manos con mis manos
y le enjugaba el húmedo cabello.

Mas él, quitado el frío
quiso probar el arco, y si la cuerda
rota del agua estaba.
Tendiólo, y con el dardo,
me hirió en el corazón, con venenosa
herida, como un tábano rabioso.

-¡Alégrate, amigo,
huésped –dijo riendo-;
el arco estaba sano,
mas tú quedas herido para siempre!

DE SÍ MISMO

Sobre los verdes mirtos recostado
quiero brindar, y sobre tiernos lotos,
y que al Amor, al cuello
con una cinta el palio recogido,
escancie el vino en mi profunda copa.

La breve vida pasa dando vueltas
cual la rueda de un carro,
y cuando se deshagan nuestros huesos
yaceremos en polvo convertidos.

¡Para qué entonces derramar ungüentos
sobre la tierra helada? ¿De qué sirve
libar sobre la tierra que nos cubra?
Mejor úngeme ahora,
coróname de rosas perfumadas
y haz que se acerque la mujer que adoro...

Mientras llega el momento
de acudir a las danzas infernales,
quiero vivir ajeno de cuidados.

LAS ROSAS

Derramemos el vino
sobre las frescas rosas,
que es flor de los amores.
Apuremos las copas
ciñendo nuestras sienes
con floridas coronas.

Entre todas las flores
la más bella es la rosa:
ríe la primavera
al romper su corola:
con ella se complacen
los dioses, y ella adorna
del hijo de la diosa Citerea
la cabellera blonda
cuando va con las Gracias
danzando en las praderas olorosas.

Ciñamos nuestras sienes, ¡oh Dionisos!
con floridas coronas,
y yo, cantando al eco de la lira,
danzaré ante las aras con la moza
de más alivio seno, coronado
de guirnaldas de rosas.

LA FIESTA

Apuremos los vasos
ciñéndonos las sienes
de coronas de rosas.
Una gentil doncella
de blancos pies ligeros
danzará sobre flores
al compás de la lira,
agitando en el aire
los tirsos enlazados
con guirnaldas de hiedra,
y un hermoso mancebo
de cabellos de oro
la cítara armoniosa
tañera, mientras dulce
brotará de sus labios
una canción de amores.
Y Eros, el de la rubia
cabellera, y Lieo,
y la gentil Citeres,
reinarán en la fiesta,
regocijo de viejos y de mozos.

DEL AMOR

El importuno Eros,
azotando mi rostro
con olorosa rama de jacintos,
me mandaba correr tras de sus pasos.
El ardiente sudor me fatigaba,
atravesando selvas,
torrentes y profundas cortaduras.
Mi corazón a la nariz subía
y sin aliento me dejaba. Entonces,
tocándome la frente con las alas,
“¡Tú no puedes amar!”, dijo riendo.

LA PALOMA

Amable palomilla,
¡ay!, ¡ay! ¿de dónde vuelas?
¿De dónde por los aires
caminas tan ligera?

¡Qué fragantes aromas
espiras y goteas!
¿Quién eres, dí, quién eres
y qué cuidados llevas?

“Mandóme Anacronte
que a su Batilo fuera,
al muchacho tirano
que a todos hoy sujeta.

Compróme de Dione
por una cantilena;
desde entonces le sirvo
en cosas de gran cuenta.

Ora, cual ves, le llevo
a Batilo estas letras,
y ha dicho que me haría
libre cuando volviera.

Mas quedaré su esclava,
aunque me diere suelta,
que vagar no me place
por montes y por selvas,

ni andar de rama en rama
posándome y, hambrienta,
manteniéndome sólo
de las frutillas secas,

cuando con pan ahora,
que en sus manos me muestra
y yo se lo arrebato,
mi dueño me alimenta,

y del vino que él bebe
me da también que beba,
y ya que estoy beoda
le bailo con mil fiestas,

y le hago sombra luego
con mis alitas tiernas,
y en su lira me pone
para que en ella duerma ...

Todo lo sabes, vete
pues más que la corneja
con tu pregunta, amigo
me has hecho ser parlera.”

A UNA DONCELLA

En un tiempo, de Frigia en la ribera,
en roca fue Niove transformada
y la hija de Pandión, como una alada
golondrina, cruzó la azul esfera.

¡Ay si en tu espejo yo me convirtiera
para poder gozar de tu mirada!
¡Si trocándome, en túnica, abrazada
a ti toda la vida me estuviera!

Onda quisiera ser para bañarte,
ungüento y perfumar tu piel de nieve,
banda y el alto seno sujetarte,
perla y fulgir en tu garganta hermosa,
¡o ser quisiera tu sandalia breve,
que, como tú la huellas, es dichosa!

DEL AMOR Y LA ABEJA

No vió Cupido una abeja
que, escondida entre unas rosas,
para labrar su colmena
ingeniosamente roba.

Madrugó para hurtar
lo que mañana borda,
haciendo sus materiales
de los llantos de la Aurora.

Fue a cortar un ramo dellas,
y ella, que ve que la cortan
jardín, sustento y riqueza,
al diós picó, venenosa.

Dio el niño licencia al llanto
soltó medroso las hojas,
y en sus lágrimas y en ellas
dio al prado nácar y aljófar.

-Muerto soy, madre- la dice-;
mi vida será muy poca,
porque una pequeña sierpe
y con alas, a quien nombran

los jornaleros abeja,
me ha picado. Mas la diosa
respondió: -Si una serpiente
de cuerpo y fuerza tan poca

puede dar dolor tan grande,
desarmada, humilde y sola,
¿cuánto mayor le darás
tú con las flechas que arrojas?

Bien es que sepas lo que es
dolor, y que le conozcas,
para que te compadezcas,
de muchos que por ti lloran.

EN UN FESTÍN

Alegres y gozosos,
dulce vino bebamos,
y en festivos cantares
celebremos a Baco,
al inventor del baile,
al amante del canto,
del niño Amor amigo
y de Venus amado.

De beodez amable
al padre soberano
de la risa y placeres,
que disipa cuidados,
que el dolor adormece;
y cuando el dulce vaso
los jóvenes ofrecen
de su licor mezclado,
cual viento impetuosos
van en tropel volando
los tristes pensamientos;
bebamos, pues, bebamos,
y en espumosas copas
embriaguemos cuidados.

¿Qué utilidad te viene
de los lamentos vanos?
Lo por venir, ¿quién sabe?
Pues al mortal no es dado
el saber de su vida
el destinado a plazo.

Por eso, yo, por eso,
bebiendo dulces vasos,
quiero danzas festivas
y de esencias bañado,
con hermosas doncellas
trabas lascivos lazos.

Tome pesar quien quiera,
aflíjanle cuidados,
y nosotros, contentos,
dulce vino bebamos,
y en festivos cantares
celebremos a Baco.

LA CIGARRA

Dichosa te llamamos,
cigarra que, en las ramas,
bebiendo del rocío,
como los reyes cantas.

Tuyo es el campo todo,
cuanto la selva abraza;
del labrador amiga,
a los mortales cara,

anuncias el Estío,
las Piérides te aman,
te otorga el mismo Febo
la voz sonora y grata.

¡Oh hija de la Tierra!
No la vejez te acaba,
impasible, sin sangre,
cantora dulce y sabia,
semejante a los dioses,
no del dolor esclava.

DE UN VASO DE PLATA

Fabrícame, maestro,
fabrícame una taza,
y el alegre Verano
por sus paredes graba;

el Verano, que cría
mil rosas y guirnaldas,
y haz que el licor exprese
la reluciente plata.

No quiero que me grabes
las ceremonias sacras,
destrozos extranjeros
ni alguna cosa mala.

Ponme al hijo de Jove,
Lieo, que derrama
mil plácidos licores
con Cipria venerada,

con Cipria, que preside
las bodas regaladas;
y luego un Cupidillo
desnudito y sin armas.

Pon también que retocen
las tres alegres Gracias
a la agradable sombra
de racimosa parra.

Añade unos mancebos
jugando; pero guarda
que entre ellos ande Febo
con bulla y algazara.

DE LA ROSA

Con la estación alegre
de flores coronada,
cantemos, dulce amiga,
las rosas delicadas.

La rosa de los labios
divinos es el ámbar;
la rosa es regocijo
de las humanas almas.

La rosa es el adorno
de las risueñas Gracias,
que en la estación de amores
con ella se engalanan.

De Cipris es recreo,
asunto de mil fábulas,
y del castillo coro
la predilecta planta.

¡Qué gusto arriesgarse
por cogerla entre zarsas!
¡Qué gusto entre las manos
saborear su fragancia!

En mesas y orgías
la rosa es necesaria
cual la luz; que no hay gusto
donde las rosas faltan.

Los brazos de las ninfas
y los dedos del Alba
son de rosa, y a Venus
rósea los vates llaman.

La rosa cura enfermos,
sepulcros embalsama,
vence al tiempo, que siempre
su olor juvenil guarda.

Digamos ya su origen:
Cuando la mar salda
de su bullente espuma
parió a la hermosa Pafia;

cuando de su cerebro,
de punta en blanco armada,
Jove parió a Minerva,
que al vasto Olimpo espanta.

brotó el rosal primero
Cibeles emulada,
cuajando de pimpollos
las ramas delicadas.

Los inmortales dioses
aplauden y lo bañan
con el bermejo néctar
porque las rosas nazcan.

Y entonces entre espinas
se desplegó gallarda
del adorable Baco
la flor más apreciada.

A UNA YEGUA

¡Yegua de Tracia, honor de la pradera!
Si llego a ti con palpitante seno,
¿por qué relinchas tú con vos de trueno
y, mirándome torva, huyes ligera?

¿Te parezco poltrón? Sabe, altanera,
que te pondrá mi mano rienda y freno,
y sobre ti, lanzándome sereno,
te haré girar en rápida carrera.

Pace libre por hoy: alegre salta
sobre la hierba, en tu feraz retrete,
que con mil flores Primavera esmalta.

No tardará en llegar hábil jinete
a domeñarte. Goza mientras falta
quien a la silla y carro te sujete.

jueves, 5 de abril de 2007

Guy de Maupassant:Sauve-toi de lui s'il aboie, poème écrit sur le mur de La Fournaise, à Chatou



Guy de Maupassant



Sauve-toi de lui s'il aboie, poème écrit sur le mur de La Fournaise, à Chatou




Sauve-toi de lui s'il aboie ;
Ami, prends garde au chien qui mord
Ami prends garde à l'eau qui noie
Sois prudent, reste sur le bord.
Prends garde au vin d'où sort l'ivresse
On souffre trop le lendemain.
Prends surtout garde à la caresse
Des filles qu'on trouve en chemin.
Pourtant ici tout ce que j'aime
Et que je fais avec ardeur
Le croirais-tu ? C'est cela même
Dont je veux garder ta candeur.

Maupassant, 2 juillet 1885
La Fournaise, Chatou

martes, 3 de abril de 2007

SERGUEI ESÉNIN:Antología poética



Fotografía:Sergei Esenin e Nikolai Kljuev durante la Primera guerra mundial.




SERGUEI ESÉNIN

(1895-1925)

Hijo de campesinos, nació en la provincia de Ryazán. Asistió a los cursos de la Universidad Popular de Moscú, luego partió a San Petersburgo, donde publicó su primer libro de poemas en 1916.

Recibió la Revolución de 1917 con mucho entusiasmo, soñando con un “reino campesino”, pero pronto se desilusionó. En 1921 se casó con la famosa bailarina norteamericana Isadora Duncan, y viajó con ella por Europa y América del Norte.

Se divorció en 1923, y volvió a Rusia. La pérdida de su fe en la Revolución lo desalentó profundamente. Se entregó a la bebida, y en un momento de desesperación se suicidó en Leningrado, en 1925.

Fue un poeta lírico de primer orden y su popularidad en la Rusia de hoy es sin igual.

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CESÓ DE HABLAR...
Cesó de hablar el bosque rubio
en su lenguaje alegre de abedul.
Las grullas que van pasando
por nadie sienten pesar.

¿Por quién sentir? Cada uno es un viajero:
llega, entra y de nuevo deja su hogar.
El cañamar y la luna sobre la charca azul
sueñan con los que ya no volverán.

Estoy solo, de pie ante la desnuda llanura;
el viento lleva las grullas a lo lejos;
estoy pensando en mi alegre juventud,
pero no me lamento de los tiempos idos.

No me lamento de los años disipados.
No lamento la blanca flor de mi alma.
En el jardín arde el fuego del serbal
sin dar calor a nadie ya.

No se quemarán los ramos del serbal.
No perecerá la hierba en la sequía.
Como un árbol que pierde sus hojas sin quejarse,
así dejo caer mis nostálgicas palabras.

Y si el viento de los años las dispersa
y las rastrilla todas en un montón inútil,
decid así: que el bosque rubio
cesó de hablar en su lenguaje tierno.
(1924)





LAS HOJAS CAEN...
Las hojas caen... Las hojas caen...
El viento gime lento y sordo...
¿Quién alegrará mi corazón?
¿Quién lo calmará, amigo mío?

Con párpados pesados
miro y miro la luna.
De nuevo cantan los gallos
en la quietud sombría.

El amanecer. Lo azul. Lo matinal.
Y de las estrellas fugaces la felicidad.
¿Formularme un deseo cualquiera?
Pero, no sé que desear.

Qué desear bajo la carga de la vida
maldiciendo mi destino y mi hogar.
Quisiera ver ahora una buena muchacha
bajo la ventana.

Muchacha de ojos azules
—sólo para mí; para nadie más—
que calme mi corazón
con palabras y sentimientos nuevos.

Que bajo esta blancura de luna,
aceptando mi suerte dichosa,
no sufra yo con la canción ajena,
y al ver en otros juventud alegre,
no me lamente de la mía jamás.
(1925)








ARDE, ESTRELLA MÍA...
Arde, estrella mía, no caigas.
Derrama tus rayos fríos.
Tras la muralla del cementerio
ya no late ningún corazón.

Luces con el agosto y el centeno
y llenas la quietud de los campos
con el temblor sollozante
de las grullas que aún no partieron.

Me alcanza viniendo de lejos,
quizás del bosque o del cerro,
otra vez aquella canción
de mi país, y de mi casa natal.

Y el otoño dorado
reduciendo la savia de los abedules
llora sus hojas sobre la arena
por todos los seres que amé.

Lo sé. Lo sé. Dentro de poco,
ni por mi culpa ni por la ajena
tendré que tenderme también
detrás de la negra muralla.

Se apagará la llama cariñosa
y se convertirá en polvo el corazón.
Los amigos pondrán una piedra gris
con una alegre inscripción.

Mas yo, pensando en la triste muerte
así la compondría para mí:
“Amó a su patria y a su suelo
como un borracho a su taberna”.
(1925)









HASTA LA VISTA...
Hasta la vista, amigo mío, hasta la vista.
Querido mío, estás en mi pecho.
La predestinada separación
promete una cita en el porvenir.

Hasta la vista, amigo mío, sin dar la mano, sin palabras.
No te afijas; no pongas tan triste el ceño.
En esta vida el morir no es cosa nueva;
pero el vivir —seguro— es menos novedad.
Escrito con la sangre de sus venas cortadas en la noche del suicidio,
27 de diciembre de 1925, en Leningrado

domingo, 1 de abril de 2007

Anónimo:POEMAS SACROS ÉPICOS AZTECAS







POEMAS SACROS ÉPICOS AZTECAS
Anónimo



1. EL QUINTO SOL

Cuatro años había ardido el horno sacro allá en Teotihuacan.
Y el dios de la vida [Tonacatecuhtli], y el dios del tiempo [Xiuhteuctli], llaman al lleno dc llagas [Nanáhuatl] y le dicen:
— ¡Tú tienes que sostener ahora al cielo y a la tierra! Y el dios se puso triste y dijo así:
— ¿Qué están diciendo? ¡ Hay dioses allí! Yo soy infeliz enfermo.
Llaman al dios que celebra su fiesta en 4-Pedernal. La Luna es.
Habla el dios de las lluvias [Tlalocantecuhtli], y habla el dios de los cuatro rumbos del mundo [Nappatecuhtli]. Ellos lo mandaron.
El dios llagado [Nanáhuatl] ya se pone a hacer penitencia: toma sus espinas de agave; toma su rama de abeto, se punza las piernas en sacrificio ritual y la Luna hace su penitencia.
Luego se va al baño y en pos de él va la Luna.
Su abeto era plumas de quetzal [trogus sp.] y sus espinas eran jades, y lo que echaba en el fuego eran también esmeraldas.
Cuando hubo acabado cl periodo de cuatro días para hacer la penitencia, el dios llagado ya toma sus plumas y se pone las blancas rayas de la víctima del sacrificio. Ya se va a arrojar al fuego.
Pero la Luna aún está aterida, anda escupiendo por el frío.
Ya va el dios llagado y se arroja al fuego: en puras llamas cayó.
Ya va la Luna y se echa al fuego: sólo en ceniza cayó.
Hechos fueron ya. Pero llegan el águila y el tigre.
El águila se repliega, se reduce y se atreve.
El tigre tiene temores y no se atreve a caer.
Saltó el águila y ardió. Saltó el tigre y quedó solo a la vera del fuego.
El águila se ennegreció: el tigre solamente se manchó con huellas de fuego.
El gavilán llega luego y en el fuego queda ahumado. Llega luego el oso y solamente se chamusca.
¡ Tres de ellos no supieron cómo debieran portarse:
tigre, gavilán y oso!
Encumbra al cielo el dios llagado y los dioses de la vida le dan aposento allí. Lo ponen en rico solio de plumas de mil colores. Le colocan en la frente una rica manta de plumas y le tatúan el rostro.
Y pasaron cuatro días y el Sol en el cielo estaba.
La tierra toda temía bajo las sombras que se eternizaban.
Se juntan todos los dioses y forman su concilio:
— ¿Qué pasa que él no se mueve?
El Sol era el dios llagado mudado en sol, desde su trono:
Va el gavilán y pregunta:
¡ Los dioses quieren saber por qué razón no te mueves!
Y el Sol le respondió: ¿ Sabes por qué? ¡ Quiero sangre humana!
¡ Quiero que me den sus hijos, quiero que me den su prole!
Se congregaron los dioses y deliberando están.
El dios de la aurora [Tlahuizcalpantecuhtli] dijo, en voz sonora:
— ¡Yo voy y yole doy un flechazo... ¿por qué se ha de detener?
Hizo el conato y lanzó su dardo, no dio en el blanco. Y entonces forma una saeta con plumas color de luz solar.
Hechos fueron ya. Pero llegan el águila y el tigre.
El águila se repliega, se reduce y se atreve.
El tigre tiene temores y no se atreve a caer.
Saltó el águila y ardió. Saltó el tigre y quedó solo a la vera del fuego.
El águila se ennegreció: el tigre solamente se manchó con huellas de fuego.
El gavilán llega luego y en el fuego queda ahumado. Llega luego el oso y solamente se chamusca.
¡ Tres de ellos no supieron cómo debieran portarse:
tigre, gavilán y oso!
Encumbra al cielo el dios llagado y los dioses de la vida le dan aposento allí. Lo ponen en rico solio de plumas de mil colores. Le colocan en la frente una rica manta de plumas y le tatúan el rostro.
Y pasaron cuatro días y el Sol en el cielo estaba.
La tierra toda temía bajo las sombras que se eternizaban.
Se juntan todos los dioses y forman su concilio:
— ¿Qué pasa que él no se mueve?
El Sol era el dios llagado mudado en sol, desde su trono:
Va el gavilán y pregunta:
¡ Los dioses quieren saber por qué razón no te mueves!
Y el Sol le respondió: ¿ Sabes por qué? ¡ Quiero sangre humana!
¡ Quiero que me den sus hijos, quiero que me den su prole!
Se congregaron los dioses y deliberando están.
El dios de la aurora [Tlahuizcalpantecuhtli] dijo, en voz sonora:
— ¡Yo voy y yole doy un flechazo... ¿por qué se ha de detener?
Hizo el conato y lanzó su dardo, no dio en el blanco. Y entonces forma una saeta con plumas color de luz solar.


2. RESTAURACIÓN DEL GENERO HUMANO DES TR U IDO


Ya los dioses se congregan y dicen unos a otros:
— ¿ Quién ha de habitar allá? ¡ Los cielos se han estacionado: el señor de la tierra [Taltecuhtli] inmóvil está!
Se pusieron afligidos la diosa de falda de estrellas [Citlalicue] y el dios de luz solar reluciente [Citlaltónac]; el que manda en las costas [Apantecuhtli], el que sale en lugar de otros [Tepanquisqui], el que da consistencia al mundo [Tlalamanqui], el que mueve la azada de labranza [Huictolinqui], el dios de plumas preciosas [Quetzalcóatl], y aquel de quien somos esclavos [Titlacahuan].
Pero ya va Quetzalcóatl donde reina el dios de la muerte. Cuando llega ante el señor de los muertos y la señora
de los muertos, les dice:
— ¡ He venido yo! ¡ Tú guardas preciosos huesos! Vine a tomarlos.
Y dijo el rey de la región de los muertos:
— ¿Qué vas a hacer con ellos, Quetzalcóatl?
—— Dolientes están los dioses, porque dicen: ¿ Quién ha de habitar en la tierra?
Y Mictlantecuhtli dice:
— ¡ Bien está! Tañe primero mi caracol y da cuatro vueltas en torno de mi solio circular hecho de esmeraldas.
Pero el caracol no tenía perforación para asirlo. Llama luego Quetzalcóatl a los gusanos: al punto lo perforaron. Entraron allí al instante las abejas y los avispones. Y se ponen a tañer todos soplando en el caracol.
Oyó el rey de la región de los muertos al caracol que tañía. Y dijo a Quctzalcóatl:
— Bien está: toma los huesos.
Y dijo también a sus servidores:
— A los que habitan en la región de la muerte id a decir: Dioses: ¡ Sólo tiene que dejarlos!
Pero Quetzalcóatl le dijo:
— ¡ Por cierto que he de llevarlos y en una sola vez!
Y habló también con su doble y le dijo: Dí a los dioses:
Voy a dejarlos. Y dijo para sí Quetzalcóatl: ¡ Dejarlos, sí; qué dejarlos!
Subió en alto Quetzalcóatl y tomó preciosos huesos: en una parte están colocados huesos de varón; en otra parte, huesos de mujer. Los toma rápidamente y hace un fardo con ellos y luego ya va cargándolos.
El rey de la región de los muertos grita de nuevo a sus criados:
— ¡ Dioses; de veras se lleva Quetzalcóatl huesos preciosos! ¡ Poned fosos en la tierra!
Al momento abren los fosos y en ellos cayó él y dio contra las paredes: salieron despavoridas las codornices y él quedó como amortecido en su caída. Todos los huesos rodaron por tierra y las codornices comenzaron a mordisquearlos y a roerlos.
Quetzalcóatl volvió en si y se puso a llorar. Dijo entonces a su doble: ¡ Mi doble! ¿Cómo será esto? ¿Cómo será? ¡ Sea como fuere, cierto que así será!
Se puso a juntar los huesos, los fue recogiendo del suelo, hizo de nuevo su lío.
Luego los llevó a Tamoanchan [tierra de la vida naciente], y cuando allá hubo llegado, la que fomenta las plantas [Quilaztli], que es la misma Cihuacóatl, los remolió y los puso en rico lebrillo y sobre ellos Quetzalcóatl se sangró el miembro viril, tras el baño en agua caliente que la diosa les había dado.
Y todos aquellos dioses que arriba se mencionaron hicieron igual forma de autosacrificio — El dios dc las
riberas del mar, el que mueve la azada de labranza, el que sale en lugar de otros, el que da consistencia al mundo, el que baja de cabeza [Tzontémoc], y en sexto lugar, el mismo Quetzalcóatl.
Dijeron entonces los dioses:
— ¡ Dioses nacieron: son los hombres!
Y es que por nosotros hicieron ellos merecimientos.



3. HALLAZGO DE LOS SUSTENTOS

De nuevo los dioses dicen:
— ¿ Qué van a comer los hombres? ¡ Andan buscando alimentos!
Ya va a tomar la hormiga roja los granos de maíz al Monte de los sustentos. Se encontró con Quetzalcóatl y él le dijo:
— ¿ En qué lugar fuiste a coger esos granos? ¡ Dímelo por favor!
Ella no quería decirlo: porfió él en preguntarlo. Y por fin le dijo ella:
— ¡ Allá en el Monte de los sustentos! Y la hormiga lo conduce allá. Quetzalcóatl se trocó en hormiga negra. Lo va acompañando la otra y entra al Monte de los sustentos.
Ya los dos juntos transportan y ponen en la orilla de la montaña los granos de maíz. Luego los llevan a Tamoanchan [tierra de la vida nueva].
Los mordisquearon los dioses. En nuestros labios los pusieron y con esos fuimos creciendo.
Dicen entonces [los dioses]:
— ¿ Qué hacer con el Monte de los sustentos?
Va Quetzalcóatl en seguida y hace intentos de cargarlo. Lo ató con cuerdas, pero no pudo levantarlo.
Con los granos de maíz echa suertes Oxomoco y su esposa Cipactónal empieza a leer los destinos.
Y los dos dijeron juntos:
— Lo ha de quebrantar el dios llagado [Nanáhuatl]. Y ellos echaban sus suertes.
Pero llegaron todos los dioses de tierra y lluvia [Tlaloque]:
Dioses azules, cual cielo; dioses blancos; dioses amarillos; dioses rojos. Hicieron un montón de tierra. Y se llevaron los dioses de la tierra y de la lluvia [Tlaloque], todos los sustentos: maíz blanco, maíz amanllo, la caña de maíz verde; maíz negruzco, y el frijol, los bledos, la chía, la chicalota, ... ¡ Todo lo que es sustento nuestro fue arrebatado por los dioses de la lluvia!



4. JUEGO DE PELOTA FUNESTO

Juega a la pelota Huémac; juega con los dioses de la lluvia y la tierra.
Le dijeron los Tlaloque: ¿ Qué ganamos al jugar?
Huémac responde: — Mis jades, mis plumajes de quetzal.
Luego los dioses dijeron: — Eso mismo ganas tú:
Nuestras verdes piedras finas, nuestras plumas de quetzal.
Ya juegan a la pelota: Huémac el juego ganó.
Ya vienen los dioses a cambiar lo que han de dar a Huémac: en vez de plumas de quetzal, le dan mazorcas tiernas de maíz, en lugar de plumas finas, le dan mazorcas con verde hoja, con lo que dentro contienen.
Huémac recibir no quiso: — ¡ No es eso lo que aposté! ¿No eran jades? ¿No eran plumajes de quetzal?
¡ Eso quitadlo de aquí!
Dijeron los dioses: — Bien, dadle jades; dadle plumas.
Y tomaron sus dones y se fueron llevando sus tesoros.
Y en el camino decían: — Por cuatro años escondamos nuestras joyas: hambre y angustia han de sufrir.
Y cayó hielo tan alto que a la rodilla llegaba; se perdieron los sustentos y en pleno estío cayó hielo. Y tal era el ardor del sol que todo seco quedó: árboles, cactos, agaves, y aun las piedras se partían estallando ante el reverbero del sol.



5. RESTITUCIÓN BONDADOSA


Pasados los cuatro años de que el hambre reinaba en ellos, allá por el Cerro de las langostas [Chapultepec], aparecieron los dioses de la lluvia. Allí donde el agua se extiende. Y en el agua fue subiendo una mazorca tierna; el sustento.
Un tolteca que estaba allí cuando vio aquella mazorca con ardor se abalanzó a ella y la tomó y comenzó a morderla.
Sale del agua el dios que da las provisiones [Tláloc], y le dice:
— ¿Sabes tú qué es eso?
— ¡ Bien que lo sé, oh dios mío, pero ha tanto tiempo que lo perdimos!
Siéntate y espera allí: voy a hablar yo con el rey. Se hundió en el agua y a poco del agua emergió trayendo una brazada de mazorcas tiernas. Y dijo:
Anda, hombre: tómalas y velas a dar a Huémac.


Los cinco fragmentos anteriores pertenecen a un Manuscrito redactado en 1558 en la Ciudad de México, por un nativo, a base de poemas que sabia de memoria. Es resto de alguna epopeya religiosa perdida. Fue dado a luz por Del Paso y Troncoso, Francisco, en Florencia, en 1903, con el nombre de Leyenda de los Soles. Forma parte del llamado C6dice Cuauhtitlan, que se conserva en el Museo de Antropología e Historia de México.

Antonin Artaud:"El Ombligo de los Limbos"




El Ombligo de los Limbos
Antonin Artaud



Allí donde otros proponen obras yo no pre-
tendo otra cosa que mostrar mi espíritu.
La vida es un consumirse en preguntas.
No concibo la obra como separada de la vida.
No amo la creación separada. No concibo tam-
poco el espíritu separado de sí mismo. Cada una
de mis obras, cada uno de los planes de mí mis-
mo, cada una de las floraciones heladas de mi
vida interior echa su baba sobre mí.
Me reconozco tanto en una carta escrita para
explicar el encogimiento íntimo de mi ser y la
castración insensata de mi vida, como en un
ensayo exterior a mí mismo, y que aparece en
mí como un engendro indiferente de mi es-
píritu.
Sufro que el Espíritu no esté en la vida y que
la vida no esté en el Espíritu, sufro del Espíritu-
órgano, del Espíritu-traducción, o del Espíritu-
intimidación-de-las-cosas para hacerlas entrar
en el Espíritu.
Yo pongo este libro suspendido en la vida, de-
seo que sea mordido por las cosas exteriores y
antes que nada por todos los sobresaltos en ace-
cho, todas las oscilaciones de mi yo por venir.
Todas estas páginas se arrastran como tém-
panos en el espíritu. Disculpen mi absoluta
libertad. Me rehúso a hacer diferencias entre
cada uno de los minutos de mí mismo. No re-
conozco el espíritu planificado.
Es necesario terminar con el Espíritu como
con la literatura. Digo que el Espíritu y la vida
se comunican en todos los grados. Yo quisiera
hacer un Libro que trastorne a los hombres,
que sea como una puerta abierta y que los con-
duzca donde ellos no habrían jamás consentido
llegar, simplemente una puerta enfrentada a la
realidad.
Y esto no es un prefacio de un libro como no lo
son los poemas que lo jalonan ni la enumera-
ción de todas las furias del malestar.
Esto no es más que un témpano mal tragado.




Un gran fervor pensante y superpoblado lle-
vaba a mi yo como un abismo pleno. Un viento
carnal y resonante soplaba, y el azufre mismo
era denso.
Y raicillas ínfimas poblaban ese viento como
una red de venas y su entrecruzamiento fulgu-
raba. El espacio era medible y crujiente, pero
sin forma penetrable. Y el centro era un mosai-
co de fragmentos, una especie de duro martillo
cósmico, de una pesadez desfigurada, y que
recaía sin cesar como un frente en el espacio,
pero con un ruido como destilado. Y la envol-
tura algodonosa del ruido tenía la instancia
obtusa y la penetración de una mirada viva.
Sí, el espacio devolvía su pleno algodón mental
donde ningún pensamiento era aún nítido ni
restituía su descarga de objetos. Pero, poco a
poco, la masa giró como una náusea fangosa
y potente, una especie de inmenso influjo de
sangre vegetal y retumbante. Y las raicillas
que se estremecían en el borde de mi ojo men-
tal, se separaban con una velocidad de vértigo
de la masa crispada del viento. Y todo el espa-
cio se estremeció como un sexo que el globo
del cielo ardiente saqueaba. Y una especie de
pico de paloma real horadó la masa confusa de
los estados, todo el pensamiento profundo en
ese momento se estratificaba, se resolvía, se
hacía trasparente y reducido.
Y nos era necesario entonces una mano que se
transformara en el órgano mismo del aprehen-
der. Y dos o tres veces todavía la masa entera y
vegetal giró, y cada vez, mi ojo se reubicaba en
una posición más precisa. La oscuridad misma se
hacía profusa y sin objeto. El hielo entero gana-
ba la claridad.




Conmigo dios-el-perro, y su lengua
que como una saeta atraviesa la costra
del doble casquete abovedado
de la tierra que le causa escozor.

Y he aquí el triángulo de agua
que avanza con un paso de chinche,
pero que bajo la chinche llameante
se vuelve cuchillada.

Bajo los senos de la tierra horrorosa
dios-la-perra se ha retirado,
de los senos de tierra y de agua helada
que pudren su lengua vacía.

Y he aquí la virgen-del-martillo,
para aniquilar los sótanos de la tierra
donde el cráneo del perro estelar
siente subir el horrible nivel.




Doctor,
Hay un punto sobre el cual habría querido
insistir: es el de la importancia de la cosa sobre
la cual actúan sus inyecciones; esta especie de
relajamiento esencial de mi ser, esta reducción
de mi estiaje mental, que no significa como po-
dría creerse una disminución cualquiera de mi
moralidad (de mi alma moral) o siquiera de mi
inteligencia, sino más bien de mi intelectuali-
dad utilizable, de mis posibilidades pensantes,
y que tiene que ver más con el sentimiento que
tengo yo mismo de mi yo, que con lo que mues-
tro de él a los demás.
Esta cristalización sorda y multiforme del
pensamiento, que escoge en un momento dado
su forma. Hay una cristalización inmediata y
directa del yo en el centro de todas las formas
posibles, de todos los modos del pensamiento.
Y ahora, señor Doctor, que ya está usted bien
al tanto de lo que en mí puede ser alcanzado
(y curado por las drogas), del punto de litigio
de mi vida, espero que sabrá darme la cantidad
de líquidos sutiles, de agentes especiosos, de
morfina mental, capaces de elevar mi abati-
miento, de equilibrar lo que cae, de reunir lo
que está separado, de recomponer lo que está
destruido.
Mi pensamiento le saluda.




Pablo los pájaros
o el lugar del amor


Paolo Uccello se debate en medio de un vasto
tejido mental donde ha perdido todas las rutas
de su alma y hasta la forma y la suspensión de
su realidad.
Quita tu lengua, Paolo Uccello, quita tu len-
gua, mi lengua, mi lengua, mierda, ¿quién ha-
bla, dónde estás? Fuera, fuera, Espíritu, Espí-
ritu, fuego, lenguas de fuego, fuego, fuego,
come tu lengua, viejo perro, como su lengua,
come, etc... Arranco mi lengua.
SI.
Durante este tiempo, Brunelleschi y Donate-
llo se desgarran como condenados. El punto
pesado y sopesado del litigio es, sin embargo,
Paolo Uccello, pero que está en otro plano que
ellos.
Hay también Antonin Artaud. Pero un Anto-
nin Artaud en estado de parto y del otro lado
de todos los vidrios mentales y que realiza todos
sus esfuerzos para pensarse en otro lugar que
no sea allí (en lo de André Masson, por ejem-
plo, que tiene todo el físico de Paolo Uccello,
un físico estratificado de insecto o de idiota, y
atrapado como una mosca en la pintura, en su
pintura que por ello está estratificada).
Y por otra parte es en él (Antonin Artaud)
que Uccello se piensa, pero cuando él se piensa
verdaderamente no está más en él, etc., etc. El
fuego donde sus espejos se maceran se ha
traducido en un hermoso tejido.
Y Paolo Uccello continúa la titilante opera-
ción de este desgarramiento desesperado.
Se trata de un problema que se ha planteado
en el espíritu de Antonin Artaud, pero Anto-
nin Artaud no necesita problemas, ya está bas-
tante enmierdado por su propio pensamiento y
entre otros hechos por haberse reencontrado
en sí mismo, y descubierto como un mal actor
por ejemplo, ayer en el cine, en Surcouf, sin
saber aún que esta larva del pequeño Pablo
venía a comer su lengua en él.
El teatro es edificado y pensado por él. Ha
dispuesto en distintos sitios arcadas y planos
sobre los cuales todos sus personajes se mueven
como perros.
Hay un plano para Paolo Uccello, y un plano
para Brunelleschi y Donatello, y un pequeño
plano para Selvaggia, la mujer de Paolo.
Dos, tres, diez problemas se han entrecruza-
do repentinamente con el zigzagueo de sus len-
guas espirituales y todos los desplazamientos
planetarios de sus planos.
En el momento en el que se levanta el telón,
Selvaggia está muriéndose.
Paolo Uccello entra y le pregunta cómo se
siente.
La pregunta tiene el don de exasperar a Bru-
nelleschi quien rasga la atmósfera únicamente
mental del drama con un puño material y
tenso.
BRUNELLESCHI. –Cerdo, loco.
PAOLO UCCELLO, estornudando tres veces.
–Imbécil.
Pero primero describamos los personajes. Dé-
mosle una forma física, una voz, un atuendo.
Pablo los Pájaros tiene una voz imperceptible,
un caminar de insecto, un vestido demasiado
grande para él.
Brunelleschi a su vez tiene una auténtica voz
de teatro, sonora y carnosa. Se parece al Dante.
Donatello está entre los dos. San Francisco
de Asís antes de los Estigmas.
La escena ocurre sobre tres planos.
Inútil decirles que Brunelleschi está enamo-
rado de la mujer de Pablo los Pájaros. Le re-
procha entre otras cosas dejarla morir de ham-
bre. ¿Acaso se muere de hambre en el Espíritu?
Porque estamos únicamente en el Espíritu.
El drama se desarrolla sobre varios planos con
varias faces. Consiste tanto en la estúpida pre-
gunta de saber si Paolo Uccello terminará por
adquirir suficiente piedad humana para dar a
Selvaggia de comer, como de saber cuál de los
tres o cuatro personajes se mantendrá el ma-
yor tiempo en su plano.
Porque Paolo Uccello representa el Espíritu
no precisamente puro sino desasido.
Donatello es el Espíritu sobreelevado. Ya no
mira más la tierra pero está aún atado a ella
por los pies.
Brunelleschi a su vez está enraizado en la
tierra, y es terrestre y sexualmente que él de-
sea a Selvaggia. No piensa más que en el coito.
Paolo Uccello no ignora sin embargo la se-
xualidad, pero la desea vidriosa y mercurial, y
fría como el éter.
En cuanto a Donatello acaba de lamentarla.
Paolo Uccello no tiene nada en su vestimen-
ta. No tiene más que un puente en lugar de co-
razón. Hay a los pies de Selvaggia una hierba
que no debería estar allí.
Repentinamente Brunelleschi siente su cola
hincharse, hacerse enorme. No la puede conte-
ner, y alza vuelo como un gran pájaro blanco,
como esperma que se atornilla girando en el
aire.




Querido Señor,

No cree usted que sería ahora el momento de
intentar unir el cine con la realidad íntima del
cerebro. Le comunico algunos fragmentos de un
guión de los cuales me gustaría mucho que us-
ted se ocupara. Verá que en un plano mental
su concepción interior le da lugar en el len-
guaje escrito. Y para que la transición sea me-
nos brutal, le hago preceder de dos ensayos
que inclinan cada vez más –quiero decir que,
a medida que se desarrollan– se reparten imá-
genes cada vez menos y menos desinteresadas.
Este guión está inspirado, lejanamente, en
un libro sin duda alguna envenenado, gasta-
do, pero al que estoy agradecido de cualquier
modo por haberme posibilitado encontrar imá-
genes. Y como yo no cuento una historia sino
que desgrano simplemente imágenes no podrá
reprochárseme sólo proponer retazos. Tengo a su
disposición por otra parte dos o tres páginas don-
de trato de atentar contra la surrealidad, resti-
tuirle su alma, exhalar su hiel maravillosa, de las
cuales podría hacerse preceder el todo, y que
yo le enviaría si así lo desea, pronto.
Quiera recibir, etc. ...




Descripción de un estado físico


Una sensación de quemazón ácida en los
miembros, músculos retorcidos y como al rojo
vivo, el sentimiento de estar en vidrio y frágil,
un temor, una retracción ante el movimiento
y el ruido. Una confusión inconsciente de la
marcha, de los gestos, de los movimientos. Una
voluntad perpetuamente tensa para los gestos
más sencillos,
el renunciamiento al gesto simple,
una fatiga demoledora y central, una especie
de fatiga aspirante. Los movimientos a recom-
poner, una especie de fatiga de muerte, de fa-
tiga de espíritu para una aplicación de la ten-
sión muscular más simple, el gesto de tomar,
de aferrarse inconscientemente a algo,
que será mantenido por una voluntad apli-
cada.
Una fatiga de comienzo de mundo, la sen-
sación de cargar su cuerpo, un sentimiento de
fragilidad increíble y que se transforma en
dolor astillante,
un estado de letargo doloroso, una especie
de letargo localizado en la piel, que no prohibe
ningún movimiento pero cambia el sentimien-
to interno de un miembro y otorga al simple
estado vertical el premio de un esfuerzo vic-
torioso.
Localizado probablemente en la piel, pero
sentido como la supresión radical de un miem-
bro, y no presentando al cerebro más que
imágenes de miembros filiformes y algodono-
sos, de imágenes de miembros lejanos y que no
están en su lugar. Una especie de ruptura in-
terna de la correspondencia de todos los ner-
vios.
Un vértigo en movimiento, una especie de
decaimiento oblicuo que acompaña todo es-
fuerzo, una coagulación de calor que aprisio-
na toda la extensión del cráneo, o se fragmenta
en pedazos, placas de calor que se desplazan.
Una exacerbación dolorosa del cráneo, una
cortante presión de los nervios, la nuca aferrada
al sufrimiento, las sienes que se vitrifican o
se transforman en mármol, una cabeza piso-
teada por caballos.
Habría que hablar ahora de la descorporiza-
ción de la realidad, de esta especie de ruptura
aplicada, pareciera, a multiplicarse por sí mis-
ma entre las cosas y el sentimiento que produ-
cen sobre nuestro espíritu, el lugar que deben
tomar.
Esta clasificación instantánea de las cosas
en las células del espíritu, no tanto en su orden
lógico como en su orden sentimental, afectivo
(que no se hace más):
las cosas no tienen olor, no tienen sexo. Pero
su orden lógico también a veces está roto a
causa justamente de su falta de aliento afec-
tivo. Las palabras se pudren en el llamado in-
consciente del cerebro, todas las palabras para
no importa qué operación mental, y sobre todo
aquellos que tocan los resortes más habituales,
más activos del espíritu.




Un vientre delgado. Un vientre de polvo te-
nue y como en imagen. Al pie del vientre
una granada estallada.
La granada despliega una circulación de co-
pos que asciende como lenguas de fuego, un
fuego frío.
La circulación se aferra al vientre y lo da
vuelta. Pero el vientre no gira más.
Son venas de sangre vinosa, de sangre mez-
clada con azafrán y azufre pero con un azufre
edulcorado con agua.
Sobre el vientre se ven los senos. Y más
arriba, y en profundidad, pero en otro pla-
no del espíritu, un sol arde, pero de un modo
tal que pareciera que es el seno el que arde. Y
al pie de la granada, un pájaro.
El sol tiene como una mirada. Pero una mi-
rada que miraría al sol. La mirada es un
cono que se vuelca sobre el sol. Y todo el aire
es como una música helada pero una vasta, pro-
funda música, bien construida y secreta, llena
de ramificaciones congeladas.
Y todo esto, construido con columnas, y con
un especie de aguada de arquitecto que reúne
el vientre con la realidad.
La tela está hueca y estratificada. La pin-
tura está bien apresada en la tela. Es como un
círculo cerrado, una suerte de abismo que gi-
ra, y se desdobla por el medio. Es como un es-
píritu que se ve y se ahueca, está amasado y
trabajado sin cesar por las manos crispadas
del espíritu. Y sin embargo el Espíritu siembra
su fósforo.
El Espíritu está seguro. Tiene bien puesto
un pie en este mundo. La granada, el vientre,
los senos, son como pruebas testimoniales de la
realidad. Hay un pájaro muerto. Hay una pro-
liferación de columnas. El aire está cargado de
golpes de lápices, de golpes de lápices como
de golpes de cuchillo, como de estrías de uña
mágica. El aire está suficientemente trastor-
nado.
He aquí que se dispone en células donde ger-
mina un grano de irrealidad. Las células se
ubican cada una en su lugar, en abanico,
alrededor del vientre, delante del sol, más
allá del pájaro y en torno a esta circulación de
agua sulfurosa. Pero la arquitectura es indife-
rente a las células, sustenta y no habla.
Cada célula lleva en sí un huevo donde re-
luce qué germen? En cada célula un huevo
nace repentinamente. Hay en cada uno un hor-
migueo inhumano pero límpido, las estratifi-
caciones de un universo detenido.
Cada célula lleva bien su huevo y nos lo pro-
pone; pero poco le importa al huevo ser escogi-
do o rechazado.
Todas las células no llevan huevo. En algunas
nace una espiral. Y en el aire una espiral más
grande está colgada pero como azufrada, ya o
todavía, de fósforo y envuelta en irrealidad. Y
esta espiral tiene toda la importancia del pen-
samiento más potente.
El vientre evoca la cirugía y la Morgue, la
bodega, la plaza pública y la mesa de opera-
ciones. El cuerpo del vientre parece hecho de
granito o de mármol, o de yeso pero de un
yeso endurecido. Hay un casillero para una
montaña. La espuma del cielo le hace a la mon-
taña un halo traslúcido y fresco. El aire alrede-
dor de la montaña es sonoro, piadoso, legenda-
rio, prohibido. El acceso a la montaña está pro-
hibido. La montaña tiene su sitio en el alma.
Ella es el horizonte de un algo que retrocede
sin cesar. Da la sensación del horizonte eterno.
Y yo describo esta pintura con lágrimas por-
que esta pintura conmueve mi corazón. .
Siento en ella desplegarse mi pensamiento co-
mo en un espacio ideal, absoluto, pero un espa-
cio que tendría una forma insertable en la reali-
dad. En ella caigo del cielo.
Y alguna de mis fibras se entreabre y halla
su lugar en casilleros determinados. Vuelvo a
ella como a mi fuente, allí siento la ubicación
y la disposición de mi espíritu. El que ha pin-
tado ese cuadro es el más grande pintor del
mundo. A Andre Masson lo que le corresponde.




Poeta negro


Poeta negro, un seno de doncella
te obsesiona
poeta amargo, la vida bulle
y la ciudad arde
y el cielo se resuelve en lluvia,
tu pluma araña el corazón de la vida.

Selva, selva, hormiguean ojos
sobre los pináculos multiplicados;
cabellos de tormenta, los poetas
montan caballos, perros.

Los ojos se enfurecen, las lenguas giran
el cielo afluye a las narices
como una leche nutritiva y azul;
estoy pendiente de vuestras bocas
mujeres, duros corazones de vinagre.




Carta al señor legislador de
la ley sobre estupefacientes


Señor legislador,

Señor legislador de la ley de 1916, aprobada
por el decreto de julio de 1917 sobre estu-
pefacientes, eres un castrado.
Tu ley no sirve más que para fastidiar la
farmacia mundial sin provecho alguno para
el nivel toxicómano de la nación
porque

1º El número de los toxicómanos que se
aprovisionan en las farmacias es ínfimo;

2º Los verdaderos toxicómanos no se aprovi-
sionan en las farmacias;

3º Los toxicómanos que se aprovisionan en las
farmacias son todos enfermos;

4º El número de los toxicómanos enfermos
es ínfimo en relación al de los toxicóma-
nos voluptuosos;

5º Las restricciones farmacéuticas de la droga
no reprimirán jamás a los toxicómanos vo-
luptuosos y organizados;

6º Habrá siempre traficantes;

7º Habrá siempre toxicómanos por vicio de
forma, por pasión;

8º Los toxicómanos enfermos tienen sobre la
sociedad un derecho imprescriptible, que
es el que se los deje en paz.

Es por sobre todo una cuestión de conciencia.
La ley sobre estupefacientes pone en manos
del inspector-usurpador de la salud pública
el derecho de disponer del dolor de los hom-
bres; en una pretensión singular de la medicina
moderna querer imponer sus reglas a la con-
ciencia de cada uno. Todos los balidos oficiales
de la ley no tienen poder de acción frente a
este hecho de conciencia: a saber, que, más aún
que de la muerte, yo soy el dueño de mi dolor.
Todo hombre es juez, y juez exclusivo, de la
cantidad de dolor físico, o también de vacuidad
mental que pueda honestamente soportar.
Lucidez o no lucidez, hay una lucidez que
ninguna enfermedad me arrebatará jamás, es
aquella que me dicta el sentimiento de mi vida
física. Y si yo he perdido mi lucidez la medicina
no tiene otra cosa que hacer sino darme las sus-
tancias que me permitan recobrar el uso de
esta lucidez.
Señores dictadores de la escuela farmacéuti-
ca de Francia ustedes son unos pedantes roño-
sos: hay una cosa que debieran considerar me-
jor: el opio es esta imprescriptible e imperiosa
sustancia que permite retornar a la vida de su
alma a aquellos que han tenido la desgracia de
haberla perdido.
Hay un mal contra el cual el opio es sobera-
no y este mal se llama Angustia, en su forma
mental, médica, psicológica, lógica o farmacéu-
tica como ustedes quieran.
La Angustia que hace a los locos.
La Angustia que hace a los suicidas.
La Angustia que hace a los condenados.
La Angustia que la medicina no conoce.
La Angustia que vuestro doctor no entiende.
La Angustia que quita la vida.
La Angustia que corta el cordón umbilical
de la vida.
Por vuestra ley inicua ustedes ponen en ma-
nos de personas en las que no tengo confianza
alguna, castrados en medicina, farmacéuticos
de porquería, jueces fraudulentos, doctores,
parteras, inspectores doctorales, el derecho a
disponer de mi angustia, de una angustia que
es en mí tan aguda como las agujas de todas
las brújulas del infierno.
Temblores del cuerpo o del alma, no existe
sismógrafo humano que permita a quien me
mire, llegar a una evaluación de mi dolor más
precisa, que aquella, fulminante, de mi espí-
ritu!
Toda la azarosa ciencia de los hombres no es
superior al conocimiento inmediato que puedo
tener de mi ser. Soy el único juez de lo que está
en mí.
Vuelvan a sus buhardillas, médicos parásitos,
y tú también, señor Legislador Moutonnier, que
no es por amor de los hombres que deliras, es
por tradición de imbecilidad. Tu ignorancia de
aquello que es un hombre sólo es comparable a
tu estupidez pretendiendo limitarlo. Deseo que
tu ley recaiga sobre tu padre, sobre tu madre,
sobre tu mujer y tus hijos, y toda tu posteri-
dad. Y mientras tanto, soporto tu ley.




Los poetas levantan las manos
donde tiemblan vitriolos vivientes,
sobre las mesas el cielo ídolo
se repliega sobre sí mismo, y el delgado sexo

moja una lengua de hielo
en cada orificio, en cada lugar
que el cielo deja libre al avanzar

El suelo está empedrado de almas
y de mujeres con un hermoso sexo
donde los minúsculos cadáveres
reflejan sus momias.




Hay una angustia ácida y turbia, tan potente
como un cuchillo, y donde el descuartizamien-
to tiene el peso de la tierra, una angustia en
relámpagos, en puntuación de abismos, apre-
tados y prensados, como chinches, como una
suerte de piojos duros cuyos movimientos están
coagulados, una angustia donde el espíritu se
estrangula, y se corta a sí mismo, –se mata.
No consume nada que no le pertenezca, nace
de su propia asfixia.
Es una congelación de la médula, una ausen-
cia de fuego mental, una falta de circulación
de la vida.
Pero la angustia del opio tiene otro color, no
tiene esta pendiente metafísica, esta maravillo-
sa imperfección de acento. La imagen llena de
ecos y de cuevas, de laberintos, de vueltas; lle-
na de lenguas de fuego hablantes, de ojos men-
tales en acción y del chasquido de un rayo
sombrío y pleno de razón.
Pero me imagino entonces el alma bien cen-
trada y no obstante en el infinito divisible, y
transportable como algo que es. Imagino el al-
ma que siente, y que a la vez lucha y consiente,
y hace girar en todas direcciones a sus lenguas,
multiplica su sexo –y se mata. Es necesario
conocer la verdadera nada deshilachada, la nada
que ya no tiene órgano. La nada del opio tiene
en sí como la forma de una frente que piensa,
que ha ubicado el sitio del agujero negro.
Yo estoy hablando de la ausencia de agujero,
de una suerte de sufrimiento frío y sin imáge-
nes, sin sentimientos, y que es como un golpe
indescriptible de abortos.




El chorro de sangre


EL JOVEN. –Te amo y todo es bello.
LA JOVEN, con un trémolo intensificado en
la voz. –Tú me amas y todo es bello.
EL JOVEN, en un tono más quedo. –Te
amo y todo es bello.
LA JOVEN, en un tono aún más quedo que
el suyo. –Tú me amas y todo es bello.
EL JOVEN, dejándola bruscamente. –Te amo.
Un silencio.
Ponte delante mío.
LA JOVEN, siguiendo el juego, se ubica fren-
te a él. –Ya está.
EL JOVEN, con un tono exaltado, sobreagu-
do. –Te amo, soy grande, soy limpio, soy ple-
no, soy denso.
LA JOVEN, en el mismo tono sobreagudo. –
Nos amamos.
EL JOVEN. –Somos intensos. Ah, qué bien
establecido está el mundo.
Un silencio. Se oye como el ruido de una
inmensa rueda que gira provocando viento.
Un huracán los separa. En ese momento
se ven dos astros que se entrechocan y una
serie de piernas de carne viva que caen con
pies, manos, cabelleras, máscaras, colum-
nas, pórticos, templos, alambiques, que
caen, pero cada vez más lentamente, como
si cayeran en el vacío, luego tres escorpio-
nes uno tras otro, y finalmente una rana, y
un escarabajo que cae con una lentitud de-
sesperante, una lentitud que hace vomitar.
EL JOVEN, gritando con todas sus fuerzas.
El cielo se ha enloquecido.
Mira al cielo.
Salgamos corriendo.
Empuja a la joven delante suyo.
Y entra un Caballero de la Edad Media
con una enorme armadura y seguido por
una nodriza que sostiene sus pechos con
ambas manos y resopla porque tiene los
senos muy inflados.
EL CABALLERO. –Deja tus tetas. Dame mis
papeles.
LA NODRIZA, con un grito sobreagudo.
¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
EL CABALLERO. –Mierda, ¿qué es lo que
pasa?
LA NODRIZA. –Nuestra hija, allá, con él.
EL CABALLERO. –No hay hija, silencio.
LA NODRIZA. –Te digo que se están be-
sando.
EL CABALLERO. –Qué carajo crees que
me hace que se estén besando.
LA NODRIZA. –Incesto.
EL CABALLERO. –Matrona.
LA NODRIZA, hundiendo las manos en sus
bolsillos que son tan grandes como sus senos. –
¡Mantenido!
Ella le desparrama sus papeles, rápidamente.
EL CABALLERO. –Basta, déjame comer.
La Nodriza desaparece. Entonces él se le-
vanta y del interior de cada papel saca
una enorme porción de gruyère.
Repentinamente tose y se ahoga.
EL CABALLERO, la boca llena. –Ehp, ehp.
Muéstrame tus senos. ¿Dónde se ha ido?
Se va corriendo.
El Joven vuelve.
EL JOVEN. –He visto, he conocido, he com-
prendido. Aquí la plaza pública, el prelado, el
remendón, las cuatro estaciones, el umbral de
la iglesia, el farol del prostíbulo, la balanza de
la justicia. ¡No puedo más!
Un sacerdote, un zapatero, un bedel, una
ramera, un juez, una vendedora de horta-
lizas, llegan a la escena como sombras.
EL JOVEN. –La he perdido, devuélvemela.
TODOS, en un tono diferente. –Quién, quién,
quién, quién.
EL JOVEN. –Mi mujer.
EL BEDEL, con tono lacrimógeno. –¡Su mu-
jer, psuif, farsante!
EL JOVEN. –¡Farsante! ¡Podría ser la tuya!
EL BEDEL, golpeándose la frente. –Quizás
sea cierto.
Se va corriendo.
El sacerdote se aleja del grupo a su vez y
pone su brazo alrededor del cuello del
joven.
EL SACERDOTE, como en confesión. –¿A
qué parte de su cuerpo hacía usted más frecuen-
temente alusión?
EL JOVEN. –A Dios.
El sacerdote desconcertado por la respues-
ta toma inmediatamente acento suizo.
EL SACERDOTE, con acento suizo. –Pero
no se hace más eso. Así no lo entendemos. Hay
que preguntar esto a los volcanes, a los terre-
motos. Nosotros vivimos de las pequeñas sucie-
dades de los hombres en la confesión. Y eso es
todo, es la vida.
EL JOVEN, atónito. –¡Ah, así es la vida!
Entonces, todo se va al carajo.
EL SACERDOTE, siempre con el acento sui-
zo. –¡Pero claro!
En ese momento, repentinamente, la no-
che cae sobre el escenario. La tierra tiem-
bla. El trueno hace estragos, con relám-
pagos que zigzaguean en todo sentido, y
en el zigzagueo de los relámpagos se ve a
todos los personajes echándose a correr, y
enredándose los unos con los otros, caen,
se levantan y corren como locos.
En un momento dado una mano enorme
toma la cabellera de la prostituta que se
inflama y crece visiblemente.
UNA VOZ GIGANTESCA. –¡Perra, mira tu
cuerpo!
El cuerpo de la prostituta aparece abso-
lutamente desnudo y horrendo, bajo el
corpiño y la enagua que se vuelven como
de vidrio.
LA PROSTITUTA. –Déjame, Dios.
Ella muerde a Dios en el puño. Un in-
menso chorro de sangre desgarra la escena
y se ve en medio de un relámpago más
grande que los otros al sacerdote que se
persigna. Cuando vuelve la luz todos los
personajes han muerto y sus cadáveres
yacen por todas partes en el suelo. Sólo
quedan el Joven y la Prostituta que se de-
voran con los ojos. La Prostituta cae en
brazos del Joven.
LA PROSTITUTA, suspirando y como en el
extremo de un orgasmo. –Cuéntame cómo ha
ocurrido esto.
El Joven esconde la cabeza entre las ma-
nos.
La Nodriza vuelve llevando a la Joven ba-
jo el brazo como un paquete. La Joven está
muerta. La deja caer al suelo y ésta se
aplasta y achata como una torta. La No-
driza no tiene más senos. Su pecho es com-
pletamente chato. En ese momento re-
gresa el Caballero que se echa sobre la
Nodriza y la sacude con vehemencia.
EL CABALLERO, con voz terrible. –¿Dón-
de lo has puesto? Dame mi gruyère.
LA NODRIZA, atrevidamente. –Aquí está.
Se levanta las polleras.
El Joven desea irse corriendo pero se que-
da como un títere petrificado.
EL JOVEN, como suspendido en el aire y
con voz de ventrílocuo. –No le hagas mal a
mamá.
EL CABALLERO. –Maldita.
Se cubre el rostro con horror.
Una multitud de escorpiones sale en ese
momento de las polleras de la Nodriza y
comienzan a pulular en su sexo que se
hincha y se resquebraja, haciéndose vi-
drioso, y reverbera como un sol.
El Joven y la Prostituta huyen como tre-
panados.
LA JOVEN, se levanta deslumbrada. –¡La
virgen! ah, eso era lo que él buscaba.


Telón

FIN